Mostrando entradas con la etiqueta profesor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta profesor. Mostrar todas las entradas

26 jun 2019

Alfonso Gamboa, un educador en la Radio Atacama



Desde 1968, cada día Alfonso Gamboa terminaba sus clases en la Escuela Normal y en las tardes llegaba a dirigir la Radio Atacama. Tenía un programa de actualidad, donde su cultura y pedagogía se mezclaban para enseñarle al auditor siempre algo más. Su idea de un comunicador era la de un profesional con un conocimiento amplio, para hacer un aporte verdadero a quien le estaba escuchando de manera de que cuando dijeran “la radio lo dijo” fuera algo indesmentible, certero y educador.
Hijo de una modista y un funcionario de ferrocarriles del Estado, era un copiapino neto, con cuatro hermanas: Fresia, Germana, Nidia y Ana María. Estudió en la Escuela de Aplicación anexa a la Escuela Normal Rómulo J.Peña. Estudiante sobresaliente, premiado en más de una oportunidad por obtener primeros lugares en sus cursos, decidió continuar sus estudios en la Escuela Normal. Su compromiso social se reveló a través de su carrera también, con cursos de alfabetización para trabajadores en la década de los sesenta, como profesor de escuela y posteriormente de la Normal, entidad formadora de las nuevas generaciones de docentes. Con su esposa, Adi Araya, tuvo dos hijos: Adi y Alfonso.
De estatura mediana, contextura gruesa que con los años comenzó a moderar, tenía un trato agradable y amistoso. Una persona descrita como carismática por quienes le conocieron. Segundo Iriarte llegó muy joven a Radio Atacama, siendo estudiante aún de enseñanza media y en la medida que se dedicó finalmente al trabajo radial, presenció como la emisora pasó a manos del Partido Socialista al iniciar la década de los setenta. Así se transformó en la emisora del gobierno, la que orientaba a los trabajadores y a la comunidad respecto a lo que estaban viviendo, donde Gamboa jugaba un rol importante.
- Fue un hombre muy valiente y comprometido con sus principios políticos. Fui testigo de dos ocasiones donde él supo ponerse en su lugar como director de un medio de comunicación que era parte de un gobierno. Recuerdo que llegó el comandante del Regimiento Atacama en ese entonces, coronel Oscar Haag, a decirle que no llamara a la gente a salir a la calle porque provocaría un caos. Horas antes la oposición se había manifestado en las calles y Gamboa pedía que saliera el pueblo a defender su gobierno. Le dijo al comandante: ‘mire, usted puede mandar a sus subalternos, pero acá en la radio mando yo, así que retírese’. Eso fue el año 72, cuando estaba el primer paro de los transportistas -describe Segundo, sentado en el locutorio de la actual Radio Universidad Atacama, donde hoy se desempeña.
La radio cumplía su rol a cabalidad. Allí, además, se hacían muchas reuniones políticas del PS, como también de la coalición de gobierno. Era filial de la entonces gobiernista Portales, quien la abastecía de las noticias nacionales. Transmitían un programa de comentarios “Trasfondo de la noticia”, donde participaba Gamboa, Mario Marín y Francisco Molina. Allí el director proporcionaba el contexto de lo que estaban viviendo, por ejemplo, que el financiamiento del paro de los camioneros se estaba haciendo con dineros norteamericanos o que el desabastecimiento era producto del boicot realizado por parte de los empresarios al gobierno de Allende.
Gabriel Indey, por aquel entonces estudiante de enseñanza media y presidente del centro de alumnos del Liceo Católico Atacama, se hizo cargo de un programa en la radio, destinado al público juvenil:
-Nosotros teníamos muy buena llegada como partido juvenil en el alumnado en Copiapó, entonces del partido me comisionaron para que me hiciera cargo de ese programa que era de los partidos de la unidad popular, iba en representación del MAPU y como hablaba más o menos bien, tenía ideas claras al respecto, empezamos hacerlo, duraba aproximadamente 45 minutos. Era conversación y música – recuerda mientras cuenta que las canciones elegidas solían ser de Quilapayún, Inti Illimani y Rolando Alarcón.
La segunda vez que Segundo vio en acción al hombre de las comunicaciones comprometido con su oficio que vivía en Alfonso Gamboa, fue el día mismo del golpe. Se encontraron en la puerta de la radio, muy temprano. Por la Portales había escuchado lo que estaba sucediendo en Santiago, en La Moneda. Alfonso se hizo cargo de la locución, informando que los militares estaban atacando al gobierno democrático y que todos los seguidores del gobierno debían estar alerta.
-Con mi poco conocimiento que podría ocurrir una cosa de esta naturaleza, vi que su actitud fue valiente. Ya se habían dado a conocer bandos donde ponían de advertencia a quienes no los cumplieran lo que iba a pasar con ellos. Todas las radios debían silenciar sus ondas. Transmitimos hasta las 11 de la mañana -cuenta Segundo sobre esa agitada mañana en que él se mantuvo en el locutorio, podía ver a Gamboa detrás del vidrio, a su lado estaba Martínez controlando.
A las 11 de la mañana llegó el teniente Enrique Hales, les solicitó apagar las transmisiones y desalojar la radio. Fue un proceso tranquilo, donde les dieron tiempo para retirar sus pertenencias con cierta calma. El personal fue a reunirse a una sala de una escuela cercana, les preocupaba cuando podrían volver a abrir la emisora y el obtener sus sueldos correspondientes a agosto. José Zepeda, el gerente, se dirigió entonces al banco a retirar los dineros para cancelar los sueldos, pero se encontró con que la cuenta había sido cerrada. A Alfonso, en particular, le interesaba que los militares no transformaran la emisora en una estación de bandos y marchas militares. Por eso le pidió a Agustín Díaz, quien cumplía funciones de radio controlador, que subiera hasta la planta transmisora y retirara el cristal -un transistor que otorga la frecuencia-, tarea que cumplió. Horas más tarde se lo entregó a Gamboa.
Segundo continuó durante la semana yendo a la casa de Gamboa a preguntar si había novedades y compartir con él y su señora, siempre pensando que todo volvería a la normalidad. Pero hacia el fin de semana, la pareja había tomado la decisión que Alfonso debía entregarse ante la insistencia de los bandos militares que repetían su nombre. Era un día domingo 16 de septiembre. Alrededor del mediodía, caminaron juntos desde la alameda hasta la plaza, Segundo lo vio entrar al cuartel de carabineros ubicado en Los Carrera y se quedó en la esquina esperándolo salir. Siguió ahí, atento, hasta las dos de la tarde, cuando entendió que había transcurrido tiempo suficiente para comprender que quedó detenido y se dirigió a avisarle a la esposa. Adi corrió al cuartel, donde le informaron del traslado de su marido al regimiento, al llegar, alcanzó a divisarlo ya que lo trasladaban a la cárcel.
Segundo nunca fue a verlo a la cárcel, porque Adi le advirtió que andaban detrás de todos los que trabajaron en la radio. Los militares buscaban el cristal, el que finalmente esta esposa les entregó, aunque inutilizado. Del personal estable de la Atacama, fueron varios los detenidos: los hermanos Zepeda, Lincoyán y José, Agustín Díaz y Nury Jara.  Un grupo que en su mayoría conoció entonces torturas, cárcel, campos de concentración y exilio.
Segundo se enteró que habían matado a Alfonso Gamboa, al encontrarse esa mañana del 18 de octubre con una de sus hermanas, horrorizada por la terrible noticia que había leído en el diario:
- Para que te voy a contar lo que sentí… y de la forma que me lo dijo, impactante, me costaba comprender que hayan matado a un hombre como Gamboa. Ahí nos dimos cuenta, por lo menos  pude de alguna manera predecir lo que nos iba a ocurrir y viví mucho tiempo con un alma en el hilo, si había ocurrido eso con Gamboa, con Sierra, con los Carvajal, Pedro Pérez y otros más también me podía ocurrir a mí -relata este hombre de radio que sin trabajo y una familia que mantener, se dirigió apenas tuvo los recursos a un pueblo pequeño, donde fuera más difícil encontrarlo, como El Salado.

DERECHOS HUMANOS

Al inicio de la década de los noventa, cuando se habían exhumado los cuerpos de los ejecutados por la caravana de la muerte, se debatía sobre la posibilidad de saber la verdad y se veía muy lejana la posibilidad de llevar a sus ejecutores a las cárceles, el periodista Jorge Oporto publicó la revista Derechos Humanos, la que tuvo cerca de siete re-ediciones. Ayudado por su conocimiento de las víctimas, su estrecha relación en los años de dictadura con Julio Hernández -quien desde el Obispado trabajó en apoyo a familiares víctimas de la represión política- logró esta publicación donde escribieron esposas y personas muy cercanas a casos emblemáticos de crímenes de lesa humanidad en la zona.
De allí extractamos las palabras de la esposa de Alfonso, Adi Araya, recordando al hombre de apenas 35 años cuando desapareció:
“Como persona, fue siempre un hombre de pueblo, íntegro, solidario con todos, un hombre intelectual; de buenos sentimientos.
Como hijo fue ejemplar, respetuoso y responsable.
Como hermano, cariñoso, paternal y protector.
Como padre y esposo formó una familia con esfuerzo y trabajo, para que nada nos faltara, bromista, amoroso, sano de espíritu, fue siempre más amigo de sus hijos Alfonso y Adi, tratando de hacer siempre lo que creía correcto. Intachable en su conducta hogareña, adoraba a su familia.
Como profesor normalista: se entregó por entero a su profesión, constituyéndose en el formador de maestros.
Como amigo y vecino fue excelente persona, muy humano, con una alta sensibilidad social, comunicativo y bondadoso.
Su ejemplo perdurará en la mente y los corazones de quienes lo conocimos”.



Leonello Vincenti Cartagena, El profesor de física


Aunque su primer nombre es Héctor, todo el mundo lo conocía por Leonello. Llegó a Copiapó a mediados de la década de los sesenta. De ojos azules, pelo claro, alto y una inteligencia que se traslucía en su hablar reposado, las mujeres que lo conocieron lo recuerdan como un hombre atractivo y carismático, los hombres destacan su mesura; ambos géneros concuerdan en que sin lugar a dudas se trataba de un líder. Serio, porque estaban construyendo algo muy importante por tanto no era tiempo de risas fáciles -me explicaba una de las entrevistadas- sus intervenciones públicas en la universidad, en los plenos del partido, en las asambleas políticas daban cuenta de su cultura, su responsabilidad y su capacidad de argumentar.
Nació en 1940, en la familia conformada por Pierino Vincenti y Edicta Cartagena, fue el segundo entre sus ocho hermanos. Cursó sus estudios en Santiago y a punto de finalizar la enseñanza media ingresó a la juventud socialista. Estudió Licenciatura en Física y Matemática en la Universidad Técnica del Estado, en la sede de Santiago.
Cuando arribó a Copiapó, venía reponiéndose de la muerte de su esposa. La hija de este matrimonio roto por una enfermedad, se quedó con las hermanas de Leonello en otra ciudad y él se dedicó a sus clases en la entonces Universidad Técnica del Estado sede Copiapó, de física a los estudiantes de ingeniería en minas, mineralurgia y topografía.  En 1972, fue candidato a la vicerrectoría.
Adriana Vergara fue su alumna y lo recuerda con mucho cariño.
- Entré a la universidad el año 1970 y me hizo física.  Como profesor era excelente, con una paciencia, hablaba lento, no se exaltaba nunca, muy respetuoso, realmente un siete como profesor. Un hombre alto, muy buen mozo, de movimientos lentos, inteligente, él le hacía no sólo a la física, era sicólogo, médico, en fin, hacía de papá. Un hombre muy íntegro. Jamás lo conocí en su faceta política hasta el último día, siempre tuve mis ideales, pero nunca pertenecí a un partido político, tal vez si hubiese sido socialista lo habría conocido en el partido. Leonello iba a las poblaciones, mis compañeros de curso partían con él y lo apoyaban. Hacían autoconstrucción, yo los veía dibujar planos, casas, hablaban de llevar arena y buscaban quien podía cooperarles.  Tuve cuatro físicas con él, cuatro semestres y nunca lo escuché hablar de política -resume su ex alumna.
Magaly Varas militaba en la juventud socialista y su marido, también compañero de la colectividad, tuvo clases con este profesor.
-Mi marido tenía la opinión de que era muy buen profesor, muy exigente fundamentalmente con los socialistas porque Leonello les decía que nosotros teníamos que ser los mejores y además los más solidarios.
Adriana sabía que Vincenti era socialista por su participación en los plenos de los estudiantes de la UTE, donde siempre tenía palabras conciliadoras para terminar con una disputa entre bandos opuestos, a los de derecha e izquierda que se peleaban los hacía darse la mano y llegar a algún acuerdo. Por eso cuando los ánimos se ponían demasiado álgidos, siempre lo llamaban.

EL GOLPE

Adriana recuerda el día del golpe de Estado. Ella había ido como todos los días a la universidad, se encontraba en clases cuando una noticia la hizo salir. Fue al sector de la enfermería, donde comenzó a escuchar una vieja radio que emitía los escalofriantes bandos militares, mientras una sensación nada agradable recorría su cuerpo. Unos minutos más tarde, vio como los militares se instalaron frente a la universidad con metralletas y armas punto 30. Leonello cerró las puertas de ingreso y se hizo cargo de dirigir lo que allí ocurría. Los estudiantes y profesores de derecha se fueron inmediatamente y los de izquierda se quedaron para defender su casa de estudios. La sensación ambiente es que iba a ser algo como “el tacnazo”, que con algunos actos de resistencia rápidamente se superaría y volverían al estado de derecho y la democracia.  Con la intervención, por cierto, del ejército que defendería al gobierno constitucional.
Junto a la asistenta social, Adriana se dedicó a cambiar la enfermería de lugar, ya que daba a la calle, con vidrios que no ofrecían ningún tipo de protección ante las posibles ráfagas militares.  Adriana recuerda trasladado  muchas sillas durante toda la mañana. Pasado el mediodía, sólo quedaba en la universidad  un par de mujeres o tal vez tres. Entonces Leonello le habló, en una conversación que ella recuerda como una muestra más del profesor preocupado que era “él sabía que yo tenía una guagua y me dijo váyase a su casa porque su guagua la necesita”.
Era el momento de hacerlo, ya que un militar había anunciado que la micro estacionada afuera sería la última en pasar, ya que impedirían la llegada de nuevos transportes para quienes se quedaran en la UTE. Adriana abandonó la universidad y cuando miró hacia atrás pensó en su esposo, también estudiante, que se quedaba allí quizás en qué parte de ese añoso edificio.

EN PAIPOTE

Leonello Vincenti era el máximo dirigente de la orgánica del Partido Socialista en la entonces provincia de Atacama, secretario político. En esos tiempos, la dirección regional tenía una relación muy estrecha con la juventud, la que este profesor había impulsado. Una de las áreas que propició con mucha fuerza fue la educación política, que por esos años comprendía el estudio del marxismo y los clásicos del socialismo, los modelos económicos existentes, los libros escritos por líderes de revoluciones que en ese tiempo proliferaban. Así debía ser la política para este dirigente, una consecuencia racional a la acción motivada por el estudio de la realidad y las formas de transformarla.
- Entonces peleábamos por ser parte de esa construcción de la sociedad socialista, el mundo nuevo que queríamos fundar, no estaban los componentes de género en esos años por eso uno hablaba del hombre nuevo, estábamos en la lucha contra la desigualdad y la pobreza por construir un mundo más justo. En ese plano Leonello era un gran formador. Cuando ganó Salvador Allende fue el encargado de los trabajos voluntarios y con su conducción participamos entusiastamente por ejemplo en pintar escuelas, el frontis de la UTE, hicimos trabajos voluntarios en los fundos que estaban tomados, se trataba de una forma en que los jóvenes, la mayoría estudiantes, nos podíamos ligar con otros mundos -recuerda Magaly sobre su forma de ejercer el liderazgo partidario.
Magaly había tenido su primer hijo el nueve de septiembre, a los ocho meses, en el Hospital, en medio de un paro médico y escasez de remedios e implementos, así que le pidió a su padre al día siguiente del parto que la fuera a buscar y llegó a casa de sus progenitores el 10 de septiembre, porque su marido estaba de viaje y prefería estar acompañada. Por el extraño silencio que reinaba en la casa la mañana del once, presintió que algo malo pasaba. Se levantó y vio a su hermano menor, el mismo que debía estar en la escuela y lo interrogó: ‘es que hay golpe de Estado’ le respondió tirando por la borda las precauciones de la madre.
Prendieron la Radio Atacama, decían que estaban ingresando tropas militares a la radio y luego el silencio incómodo de cuando se cortan las transmisiones. El resto de las señales emitían bandos militares y marchas. En la tarde, Lincoyán Cepeda, secretario político de la juventud socialista llegó a decirle a la encargada del frente de masas que había rumores de una división de las fuerzas armadas leal al gobierno, dirigida por el General Prats.
Más tarde, recibió una visita inesperada. Según la planificación ante un golpe, el punto de reunión sería Paipote pensando que los trabajadores de la Fundición, sumado a los mineros que abundaban en Tierra Amarilla defenderían el gobierno. No contaban con que los militares lo supieron o lo previeron y cortaron el camino entre Paipote y Tierra Amarilla a primeras horas de la mañana y detuvieron a varios de sus dirigentes.
Casi toda la dirección del PS se encontraba en la fundición: Pedro Pérez, Leonello, Faúndez, Lincoyán Cepeda y Jaime Sierra. Las casas de seguridad habían fallado, por lo que Vincenti le pidió a Magaly su casa. Ella se las prestó, advirtiéndole que no tenía cortinas, sólo visillos que se traslucían durante la noche y que usaran todo lo que necesitaran. Así que ahí estuvieron. Mientras, los trabajadores mantenían la toma de la fundición. 
La mamá de Magaly fue a verlos, les llevó té, café y en la conversación le manifestaron la gran confianza que tenían en la fuerza a los trabajadores. Todo podría caer menos la CUT, decían. Glorya, una amiga de Magaly, al ver luz en su casa fue a saludarla y conocer al recién nacido. Pero después de golpear insistentemente le abrió Leonello y con una mirada al interior se hizo un panorama. Reconoció a Pedro Pérez y a un par más, así que no le creyó que estaban cuidando la casa mientras Magaly volvía del Hospital. Ella, que también era militante, sólo le dijo que no era prudente estar en el hogar de dos militantes socialistas demasiado conocidos en la fundición.
Horas más tarde llegó un compañero de la juventud, David, a hablar con Magaly. Le pidió que lo contactara con Leonello o alguien de la dirección regional. Ella tenía el compromiso de no revelar a nadie su paradero, pero ante la gravedad de lo expuesto tomó la decisión de ir a verlos y consultar. Los militares amenazaban con bombardear la universidad si no la desalojaban. Magaly lo llevó a su casa, con el consentimiento de la dirección regional. Después supo que Vincenti creía que no había condiciones para resistir y cualquier tipo de acción podía desembocar en una tremenda masacre. Conclusión no compartida por todos, pero que prevaleció. David, además, se había dado la misión de pasar por la sede de su partido de calle Maipú y quemar toda la documentación que podía comprometerlos o permitir mayores persecuciones, cuando los militares la allanaran.
De hecho, los militares comenzaron a revisar los buses antes de que subieran los trabajadores a Paipote y los que llegaban del término del turno. Fue una señal de que no era seguro mantenerse en Paipote y el día 12 dejaron la casa de Magaly.
Un par de meses después, cuando a su esposo lo exoneraron por razones políticas de la Fundición y limpiaban para dejar la casa -propiedad siempre de la empresa- Magaly descongeló un pollo que tenía guardado para alguna emergencia. Fue una sorpresa descubrir dentro de la pechuga, protegidos por una bolsa de plástico, los carnés de militantes de todos los que estuvieron en esa vivienda el día del golpe de Estado.

DETENIDO

En la Universidad, a través de las visitas que su esposa le hacía, se enteraban del estado del profesor. Decían que Vincenti estaba muy deteriorado, que lo golpeaban mucho y lo estaban torturando, lo que provocaba tristeza e indignación en los estudiantes que lo apreciaban. Y no eran pocos. Sus compañeros y compañeras de partido estaban desperdigados, detenidos, escondiéndose y muchos de ellos perdiendo sus trabajos. Magaly Varas lo vio durante su detención en un par de ocasiones a fines de septiembre y principios de octubre. Lo encontró más serio de lo habitual, caminando lento, sin moretones ni heridas en cara o manos y agobiado por la situación.
-Me pidió que estuviéramos tranquilos, que no arriesgáramos a nadie más, nada de locuras, porque el golpe estaba consumado y esto no iba a ser como lo habíamos imaginado. Que no había nada qué pudiéramos hacer más que cuidarnos. Él me pidió expresamente y en la medida que yo pudiera conversarlo con otros compañeros decirles que todos estuviéramos quietos, me dijo ‘tienen que cuidarse todos porque acá, persiguen responsabilidades, pero de repente hay compañeros que sin tenerlas igual la están pasando muy mal, es a criterio de ellos’. Me insistió en que esto iba a pasar y los que estábamos afuera teníamos que ser capaces de sobrevivir y cuidarnos entre nosotros.
La última vez que lo vio, él le contó que saldrían pronto en libertad y que muy probablemente los relegarían a Chaitén. 

SALA DE CLASES

Adriana estaba en la sala de clases donde le correspondería la asignatura de física. El profesor reemplazante llegó y les informó que no la haría porque le acababa de llegar la noticia que había fallecido Leonello Vincenti. Fue un momento muy triste que ella resintió más aún ante la alegría de algunos de los presentes, cercanos a la derecha y de ideología claramente fascista. Un año después de estos hechos, un grupo de compañeros de universidad le mostraron fotos de un lugar del cementerio cubierto de cruces pequeñas, artesanales. Habían sido ellos, que entraron durante la noche y las pusieron en homenaje a Leonello, a los estudiantes y profesores asesinados, como también de los restantes caídos. Conocían a muchos de ellos y se decía que en ese lugar los habían sepultado clandestinamente, en el patio 16.

Pedro Emilio Pérez Flores, un hombre alegre e intenso



Alto. Muy alto. Pelo café oscuro, ojos cafés. Nació en Colla sur donde su padre se desempeñaba y al quedarse sin trabajo la familia se trasladó a Machalí y posteriormente a Rancagua. A los doce años sus padres lo enviaron acompañado de un baúl con sus pertenencias a la Escuela Técnica del Estado en Copiapó, internado. No conforme con ese título técnico, ingresó a la universidad, se hizo ingeniero, se quedó en Copiapó y se unió al Partido Socialista. Se casó con Nury Jara y tuvieron dos hijos: Pedro y Cecilia. La familia vivió en Sewell, cerca de Los Andes y Mina Carmen en las inmediaciones de El Salvador, de acuerdo a los trabajos del joven ingeniero, hasta que ingresó a la Universidad Técnica del Estado en Copiapó, como profesor.
De la vida familiar, resultaba sagrado ir lo más seguido posible a Bahía Inglesa y por supuesto en vacaciones de verano, una vez al año viajar a Rancagua a visitar a los padres, hacer bromas a sus hijos, a los primos de sus hijos, a la familia y a gran parte de los que se cruzaban por su camino. A sus niños les encantaba jugar con él “al lulo”, donde los enrollaba en una frazada por turnos y luego los desenrollaba entre medio de sus risas.  
Cecilia Pérez, su hija, evoca esas imágenes de cuando era niña, una infancia donde disfrutó a su padre hasta los ocho años de edad:
-Le gustaba mucho jugar al ajedrez, enseñarme cosas. Me dijo que me compraría un reloj si aprendía a leer la hora y aprendí súper rápido y tuvo que comprármelo. Nos enseñaba a jugar ajedrez. Tenía hartos amigos que iban a jugar ajedrez a la casa. Nosotros visitábamos mucho la casa de Leonello, él a mí me decía Susy como mi gata y a la gata le decía Ceci, para molestarme no más. Eran tiempos muy álgidos, porque mi papá nos llevaba a todos lados, mi mamá trabajaba en la Radio Atacama y allí se reunían siempre. Mi papá y mi mamá iban a las reuniones políticas y era un mundo aparte, porque había pintura, engrudo -dice Cecilia recordando la sede del PS que para los hermanos era un lugar verdaderamente fantástico- en la radio también había muchas cosas bacanes. Ahí conocí a Cortázar, nos portábamos mal con mi hermano y él nos sacaba para que no molestáramos tanto. Era un niño también, así lo recuerdo.
Vivían tiempos de mucha confrontación política, razón por la que Cecilia tiene imágenes en su memoria de vidrios quebrados pertenecientes a la céntrica casa donde vivían, consecuencia de unas piedras probablemente derechistas. También de una casa de dos pisos ubicada en pleno centro, donde estuvo en la toma de una empresa por parte de sus trabajadores que sus padres debían acompañar y no tenían con quién dejarlos. Otro recuerdo es el de una persona contratada para cuidarlos que no aguantó las ganas de participar de una marcha y los llevó con ella, algo absolutamente prohibido por sus padres. Así que la familia se encontró entre medio de las banderas en plena calle, ante la alegría de los pequeños y la molestia de sus padres. 
De los peligros que acechaban a la familia, conversaron numerosas veces. Que tal vez tendrían que dejar la casa sorpresivamente y quedarse en otro lugar, entonces los niños pensaban que estarían en el hotel turismo, lo que les parecía genial.
- Con mi hermano sabíamos que iba a haber una guerra y de seguro sería como el estilo de las películas y buscábamos un refugio donde escondernos en la casa – recuerda Cecilia acerca de un lugar que decidieron sería su refugio.
En la universidad, Pedro Pérez saludaba a todo el mundo y solía mantener un tono jovial. Se le veía por los pasillos o los patios rodeado de estudiantes. En política, era miembro de la dirección regional del PS, con el cargo de secretario de organización. Profesionalmente apoyaba al gobierno como interventor de la Planta Elisa de Bordo, la que se había entregado a los trabajadores.
-Era muy alegre. Persistente en sus posturas políticas, estaba en las posiciones más duras en el partido, un tipo más de acción, porque había muchos compañeros que eran muy teóricos. Le gustaban mucho los Beatles, de eso me acuerdo porque en ese tiempo nosotros no escuchábamos mucha música en inglés. Le gustaba parodiar con esa canción Let it be, decía, deja hacer o deja ser. Un buen compañero, solidario, de muy buen trato, un tipo muy especial -dice Magaly Varas respecto a este hombre que el ’73 contaba con 29 años de edad.
Con sus ocho años, Cecilia recuerda el momento exacto en que su rutina fue destruida. El 11 de septiembre celebraban el día del profesor y ella sería la protagonista del acto preparado por su curso en el colegio. Tenía todo listo. Pero sus padres los despertaron y les dijeron que no habría escuela, que irían a la casa de sus abuelos. A Cecilia no le gustó nada la idea, insistió en que tenía que ir, pero terminó solo con la ropa puesta en la casa de sus abuelos, mientras ambos padres partían. Habían despertado escuchando las palabras de Allende por la radio.
- Nos fueron a dejar y como había toque de queda, una tía que trabajaba en el hospital nos fue a buscar en una ambulancia y nos llevó a la escuela normal, que ahora es la UDA. Mi tío vivía ahí, hermano mayor de mi mamá, nos quedamos con él y mi tía. Estuvimos viviendo un año y medio con él. Porque mi mamá estuvo tres años en la cárcel. Un año y medio después nos quedamos con mis abuelos. 
Pero no fue suficiente sufrimiento para esta familia.
-Nosotros tuvimos que irnos de chile porque mi mamá estuvo presa y le sacaban todos los años la cresta y volvían después para amedrentarla. Una de las personas que ayudó en el caso de mi mamá fue Fernando Ariztía. Después cada vez que iba a Roma pasaba a vernos y fue muy cercano a mi mamá y Camus también. La molestaron tanto y mi mamá no tenía para salir, tomó la decisión de irse, la hermanastra de mi papá le hizo todos los trámites en Santiago para que se pudiera ir al extranjero y encontró que Holanda era el mejor país -cuenta sobre sus años en el exilio, que sólo terminaron cuando llegó la democracia.
Cecilia volvió a Copiapó cuando exhumaron los cuerpos de las víctimas de la caravana de la muerte y participó de todo el proceso, incluido el funeral.
-Llegaron unos viejitos, lo conocían de la planta, con unas flores muy humildes. No mucha gente se acercó a mí, por lo menos, aunque soy de Copiapó y tengo familia, nadie estuvo ahí conmigo y fue bonito recibirlos a ellos -recuerda Cecilia sobre esos trabajadores, mineros con los que su padre había trabajado.
Para ella, septiembre es un mal mes.
- Nos hizo falta mi papá, no debería haber pasado lo que pasó, no como pasó. No debería haber ocurrido un golpe de Estado, pero ya lo hubo. Lo llevaron preso y lo torturaron, por último, pudieron haberle disparado, fusilado, pero no haberse ensañado de la forma que lo hicieron y eso me complica mucho y no hay día que no piense en eso, sobre todo cuando termina septiembre, a mediados de septiembre aparece eso, porque lo que hicieron con ellos fue muy terrible y a veces pienso para qué. Por qué los torturaron de la forma que lo hicieron hasta la muerte, los mutilaron con cuchillos en la caravana de la muerte –indica esta hija que continúa sufriendo ante la crueldad que vivió su padre.

DE PUÑO Y LETRA

Nury Jara escribió estas líneas en la revista impulsada por Jorge Oporto “Derechos humanos”, durante la década de los noventa.
“Nació, vivió y murió con y a causa de sus ideales. Ciertos o equivocados, eran los suyos. Nadie le pidió un cambio de actitud, se exigió olvidarse de sus pretensiones, de sus deseos, de sus afanes, de sus ilusiones, de su vida misma. Nos olvidamos que el pensamiento idealista no se cambia, sí puede variar, quizás el comportamiento.
Bueno para convivir, listo siempre a disfrutar un plato de comida o un banquete. Pronto a tender la mano, al abrazo estrecho, a ofrecer una sonrisa y una amistad franca. Ágil en la talla espontánea, nunca mal intencionada, incomprendida a veces, pero siempre en busca del momento alegre. Fácil, grato para los demás y para él.
Su recuerdo es imperecedero. Su espíritu, figura y genio han quedado plasmados, marcados a fuego en sus hijos, una mujer y un hombre. Sus costumbres, carácter bonachón, las cosas de su agrado, paseos y lugares favoritos; sus amigos. Cómo disfrutaba del aire que respiraba a todo pulmón en las playas de Bahía Inglesa, su actitud campechana del hombre de Machalí, la alegría de alumno y seriedad de académico de la Universidad Técnica del Estado de Copiapó. Su estima y respeto por los que le rodeaban, su amor a la familia, su cariño por los animales, su emoción ante juegos y travesuras de niños. Un juego de ajedrez, la luz de una vela, un trozo de música clásica: todo junto para él era un momento digno de vivirse. Un pedazo de pan, una fruta que se come a mordiscos, pensar en el lugar, la gente o el qué dirán no tenía la menor importancia.
Fue una persona, un hombre, un esposo, un padre, un amigo que se hizo merecedor de un recuerdo inmenso, grato a lo máximo, imborrable. Razones demás para no recordarlo con pena, si no con mucha alegría por lo que logramos de él. Sí, qué pena que haya faltado tiempo para conocerlo más, para haberlo comprendido mejor, para haber interpretado el significado y propósito que tenía su vida”.

Winston Cabello, pionero de la planificación y el regionalismo





Susan tenía apenas un año y medio de edad cuando asesinaron a su padre, Winston Cabello. Ha tenido que construir la imagen paterna sobre los relatos de su madre, sus abuelos, sus tíos, donde algunos incluso le parecen míticas, dignas de la descripción de un héroe. Pero hay dimensiones de él que con esta distancia le cuesta mucho conocer, responderse cómo sería el olor, la risa, un abrazo de su padre.
-Esos son aspectos súper difíciles de abarcar en familia porque afectas las emociones de los otros, que también les duele. Hablar con mi mamá al respecto es súper difícil hasta el día de hoy y ya no sé si podrá ser más fácil, porque es una ausencia muy marcada, con conflictos relacionados con lo mismo -cuenta esta diseñadora, periodista, con post grado en derechos humanos que actualmente se dedica a hacer terapias con medicinas alternativas.
Ha escuchado muchas historias sobre su padre, hasta ha pensado en escribir un libro respecto a ese personaje que descubre en los otros. Uno de los aspectos más relevantes es, sin duda, su compromiso político con construir una sociedad mejor.
Winston fue hijo de Elsa Bravo y Manuel Cabello, tuvo cuatro hermanos: Manuel, Aldo, Zita y Karin. De niño estudió en el colegio Lota de Malloco, donde su padre fue director. Para Susan, fue una persona intensa, con una variedad de intereses y un gran despliegue de energías para llevarlas a cabo, ya que jugó básquetbol, ajedrez, corrió autos en carreras y llegó a ser piloto de aeronáutica civil; como estudiante recorrió el sur haciendo trabajos voluntarios y forma parte de grupos folclóricos, al mismo tiempo que cursaba su carrera universitaria y participaba activamente en política. Antes de los 28 años fue nombrado director de la Oficina de Planificación Regional de Atacama y Coquimbo, durante el gobierno de Salvador Allende, como también hacía clases en la entonces Universidad Técnica del Estado, sede Copiapó. Esto después de graduarse en la Escuela de Economía de la Universidad de Chile.
En su faceta de jefe de servicio, Susan ha oído las historias sobre el compromiso con su labor, que en ese entonces lo llevaron más de una vez a recorrer caminos montado en un burro para dialogar con personas ubicadas en sectores poco accesibles, como la cordillera y precordillera; o cuando en Huasco la gente que vive del mar donó pescados y Winston ocupó una ambulancia para repartirlos personalmente hasta que se acabó el último de estos valiosos animales acuáticos en una época donde los alimentos escaseaban.
Además, tenía una sensibilidad especial hacia las mujeres en un tiempo donde el machismo era la regla:
-Mi mamá estaba estudiando enseñanza media en la nocturna y siempre la iba a esperar a la salida. Para esos tiempos era una demostración del tipo cariñoso que podía ser y que no sólo influyó en tener una buena relación, es una de las cosas que más admiro de él -relata Susan citando los tiempos en Copiapó.
Zita cuenta que, de niña, su hermano la impulsó a salir de su aislamiento:
-Me enseñó a encumbrar volantines, a correr, a jugar ajedrez, damas y a las bolitas, aparte del pin pon y el fútbol, todos juegos considerados privativos de los varones. Mi hermano me enfrentaba a desafíos y me enseñó a creer en mí misma y a medida que crecíamos juntos, fuimos compartiendo sueños y esperanzas. Wito confiaba en que él cuando grande, hallaría el modo de reparar aquello que llamaba “el mal del mundo”.
Winston Dwight Cabello Bravo fue nombrado así, según relata Zita Cabello, su hermana, en el libro “El hombre que se negó a huir” como una forma del padre de homenajear a Winston Churchill y Dwight Eisenhover, líderes de los aliados en la segunda guerra mundial, para agradecer la paz y, de alguna forma, fue un símbolo de su esperanza en una humanidad que comenzaría a construir un mundo mejor, dejando atrás los horrores.
-Cuando Winston murió en manos de la “Caravana de la muerte”, esas esperanzas murieron con él. Mi padre nunca se recuperó de esa pérdida. Durante 40 años he tratado de entender por qué mataron a mi hermano -escribe Zita en el prólogo del libro, el que nació de la necesidad de la autora de contar lo sucedido, lo que vio en su muerte y el largo juicio que siguieron para conseguir justicia desde Estados Unidos contra Armando Fernández Larios.
Zita cuenta que el día del golpe de Estado, se encontró con su hermano, a quien cariñosamente llamaban Wito, en la Universidad, donde ambos daban clases y hora más tarde, junto a la madre almorzaron en su casa, sin prever peligros mayores. A la mañana siguiente, Winston en su cargo de Planificación, acudió a la reunión citada por el comandante Oscar Haag para todos los jefes de servicio de la región. Cuando terminó ese breve espacio, el militar -desde ese día a cargo de la región- le indicó que el vehículo fiscal a su cargo había sido denunciado por transitar por “lugares sospechosos”, lo arrestó y envió a la cárcel.

REGIONALISTA

El joven economista fue un pionero en ámbitos que escasamente se estudiaban, como la planificación y la falta de recursos de las regiones. Así lo recuerda Esteban Somg, en la revista Derechos Humanos durante la década de los ’90.
“Buscando explicaciones a las marcadas desigualdades económicas y sociales entre las diversas regiones del país, poco a poco fue definiendo el tema de su tan ansiada tesis: analizar las transferencias de recursos llevadas a cabo a través del sistema bancario, entre las regiones y el país. Winston bautizó su análisis con el nombre “Sistema de financiamiento regional” y pasó a constituirse, sin lugar a dudas, en la primera investigación importante sobre el tema y texto de consulta obligado de los “regionales”. Con apasionados argumentos, Winston defendía su región, defendía las demandas de Atacama, defendía al pirquinero, al sencillo y ciudadano, al modesto agricultor perdido en la rivera del escuálido curso del Jorquera o del Manflas. Era la metamorfosis por decirlo de algún modo de aquel joven profesional, parco en palabras, en un hombre luchador, enérgico e incansable”, argumenta en la revista mencionada anteriormente.
Probablemente esta característica de pionero lo condujo a Atacama a hacerse cargo del recién creado organismo de planificación, en una época donde no era una disciplina muy desarrollada. Sergio Jirón cuenta que fue propuesto por el Partido Socialista, aunque él participaba también con el MIR. Como contexto, habría que señalar que durante algunos años, miristas participaron del PS hasta que decidieron desligarse definitivamente de dicha colectividad.
Jirón participó de charlas en las que Winston les enseñó nociones básicas de economía, lo que estaba pasando con la inflación y el momento que vivían. Lo recuerda como un tipo jugado, de baja estatura y con mucha predisposición a compartir sus conocimientos.

RECONOCIMIENTOS
En la Seremi de Desarrollo Social de Atacama hay una placa recordatoria de quien fue su director, en el salón de reuniones que lleva su nombre. Ya no queda ningún funcionario que haya trabajado con él. Mientras que el año 2017, el Ministro de Desarrollo Social, Marcos Barraza, en el marco de la celebración de los 50 años de la cartera, autoridades, familiares y funcionarios rindieron homenaje a Freddy Taberna y Winston Cabello a 44 años de sus asesinatos, con la instalación de una placa conmemorativa, en el hall del edificio ubicado en Santiago.

“Su ejemplo, su vocación, el trabajo de Winston y Freddy es el de transformar la sociedad, el de pensar que Chile puede ser un mejor país, que nos incluya a todos y todas, esa es una figura de una memoria que nuestro Ministerio no solo tiene que conservar, sino que debe replicar permanentemente. Este homenaje busca que estos 50 años sean de un significado trascendente, de lucha social, de transformaciones, de cambios, pero especialmente de ejemplo, de voluntad de personas que dieron su vida porque Chile fuera un mejor país”, fueron parte de las palabras del ministro en la ceremonia efectuada un 23 de octubre.

COPIAPÓ, EL NORTE

Susan siente una fascinación por Copiapó, de hecho, hasta se trasladó unos años a vivir en dicha ciudad y suele viajar periódicamente hacia allá. Ha reflexionado respecto a la ausencia de su padre:
-Lo que ve uno hoy en día frente al cómo te vas construyendo la imagen de tu papá con esta sociedad, en el fondo todas nuestras cosas van en búsqueda de sanación.  Cuando hice mi tesis en derechos humanos, mi profesor me dijo que no estaba haciendo una tesis, estaba buscando sanarme. Creo que todas las construcciones que yo haga no van a reemplazar el que yo no haya tenido papá. No lo tuve y es conflicto permanente del apoyo que pude tener y no lo tengo y lo perdida que anduve por mucho tiempo. Hoy me dedico a las terapias alternativas, medicina china para personas. Ahora que tengo 46 recién estoy contenta de lo que hago, pero para eso pasó mucho tiempo. Estoy orgullosa de mi papá y hubo años oscuros en que la percepción social era terrible, entonces sacarlas de la sociedad también es un trabajo que no termina nunca, ir planteando quiénes eran y por qué lo hacían y hoy día te encuentras con algo que está pasando, mantengo las esperanzas.

Guillermo Haroldo Rojas Zamora



·         Una silla vacía con su chaqueta en la escuela

Fue una noche del seis de agosto del año 1974. Guillermo Rojas Zamora hacía unos meses que había vuelto a Chañaral, junto a su esposa, Carla, y sus dos pequeños hijos: Guillermo -de siete meses- y Ximena, de cuatro años. Hacía clases en la escuela Consolidada de Chañaral. Durante los años de la Unidad Popular se había trasladado a El Salvador, donde ocupó el cargo de supervisor en educación, y una de sus gestiones fue la creación del Liceo para los estudiantes que necesitaban la enseñanza media, para así poder continuar viviendo en la ciudad y no tener que emigrar a otros lugares para obtener la enseñanza media.
Pero tras el golpe de Estado lo despidieron, en febrero de 1974. En Chañaral lo recibieron con los brazos abiertos en la escuela donde anteriormente trabajaba. Hacía diez años que ejercía la docencia, como profesor de Estado de la Universidad de Chile, con especialidad de biología y química, tenía una gran fe en la educación como herramienta para salir de la pobreza y lograr cambios en el país. Por eso lo recuerdan como un profesor cercano, preocupado de sus alumnos, innovador.
- Él se preocupaba de sus alumnos, enseñando más, buscando que ellos conocieran. En ese entonces éramos tan cerrados como país, no había internet, nada, los libros eran los que nos podían mostrar más cosas, siempre gastaba en libros y se los pasaba a los alumnos. Los sacaba a terreno, algo que en ese entonces no se hacía, cien por ciento dedicado y a eso le tuvieron miedo –recuerda Carla Brown sobre la faceta de profesor de su marido.
Estela Tapia fue su alumna en aquellos años.
-Estaba en primero, en ese tiempo de humanidades. Fue el 65, 66 hasta el 69 fuimos alumnas de él, hasta quinto humanidades. Era terriblemente pedagógico, enseñaba hasta que uno aprendiera y cuando había pruebas en las tardes, nos hacía reforzamiento. Muy amoroso, muy sicólogo, entendía, para esa época que los profesores eran tan rígidos que a uno le daban miedo, nosotros en él confiábamos y lo queríamos mucho. Ahora los alumnos nos confían cosas a los profesores en esta época, pero en esa, no. Enseñaba muy divertido y lúdico.
Sobre sus métodos pedagógicos Estela recuerda:
- Él hacía química y ciencias naturales, para ver lo de los musgos, líquenes, íbamos el día sábado, salíamos al cerro y ahí hacía la clase. Salíamos en la mañana y volvíamos en la tarde y llevábamos nuestras cositas, como paseo, después para la playa para ver el vertebrado, el pescado. Claro, una vez nos perdimos, nos fuimos por la Quebrada del Cabrito y aparecimos en Barquito, se perdió el curso y era así, muy bueno. Él nos daba muchas facilidades para que uno aprendiera y  escribía un 1 bien grande en la pizarra y el que copiaba le ponía sin ningún temor el 1 porque decía ‘yo le doy el máximo de confianza, quiero lealtad y son valores que se van enseñando con el ejemplo’. Así que nadie se atrevía a copiar, más que por temor al uno, era como vamos a copiar si el profe nos ayuda, nos quiere, nos enseña. Él era una persona maravillosa.
Esa noche él no tenía clases, pero fue a reemplazar a una profesora que estaba con licencia. El jeep azul marino con patente de Las Condes se paró afuera de la casa, Carla les abrió, eran tres, le dijeron que necesitaban hablar con Guillermo, ella les respondió que él estaba en clases. Carla no sospechó que se trataba de agentes de la DINA.
Su marido no volvió esa noche. Pero sí llegó una persona proveniente de la escuela, a decirle que se lo habían llevado arrestado. En la Comisaría de Chañaral le respondieron que estaba detenido y saldría libre al día siguiente. Pasaron las horas y no lo liberaban. Al llegar la noche les informaron que ya no estaba allí.  Amigos y familiares ayudaron a buscarlo en distintos lugares donde podrían haberlo llevado, pero nadie decía saber nada de Guillermo. Y pasaron las años.
Muchos años más tarde, Carla estaba viendo la televisión, cuando un rostro la sobresaltó. Se trataba del “guatón Romo”.
- Yo no sabía quién era Romo, pero a mí nunca se me olvidó su cara. Apareció en la televisión y verlo fue una cosa así como que se me salió todo el cuerpo y dije ese estuvo en mi casa y efectivamente en agosto del 74 cuando Guillermo desaparece… es donde más gente desaparece y él había hecho la gira por el norte.


HISTORIA DE AMOR

“Alcancé a estar cinco años y medio casada y cuarenta y cuatro años esperando”. Así resume Carla esta historia de amor interrumpida por la desaparición forzada de Guillermo. Todo comenzó en Antofagasta, él había llegado al puerto junto a su familia proveniente de Caldera, debido al trabajo del padre. En el liceo se hicieron inseparables con el hermano de Carla -mismo padre pero distinta madre-, amistad que permaneció intacta cuando ambos ingresaron a la universidad. Por él se conocieron, cuando Carla llegó a estudiar a Antofagasta, se enamoraron, pololearon cuatro años esperando que ella terminara sus estudios como profesora y se casaron. Tenían once años de diferencia.
Ella lo recuerda como un muy buen papá:
-Entonces cuando en un principio desaparece y lo empezamos a buscar y me dicen ‘es que se fue con otra persona… con otra mujer’. Yo sabía que él nunca iba a dejar a sus hijos… en la vida uno puede cambiar esposa o esposo, pero ni a los hijos ni a los padres puedes cambiar – me cuenta mientras conversamos en su oficina y me asegura que tenía la convicción que nunca los habría abandonado, menos sin despedirse.
Su hija Ximena, a pesar de su corta edad cuando su padre desapareció, atesora recuerdos.
-Se acuerda de imágenes y me pregunta si yo las recuerdo, como que fuimos al zoológico en Santiago, o que ella lo iba a buscar al trabajo, cosas de la casa de navidad, como que de repente se le viene a la cabeza como pantallazo y me pregunta y si es cierto y yo le respondo que eso pasó. En cambio, Guillermo no tiene recuerdos, si no como mis nietas y nietos que tienen lo que hemos podido conversar, lo que han ido escuchando. Ya son adultas, porque ya tienen 21, 22, 17 años ya comprenden y se preguntan el por qué, porque ellas no vivieron en la dictadura así que les resulta más extraño… también quieren saber y es un replicar de emociones, lo que les puedo dejar – relata Carla.
Ximena nació antes de tiempo.  Carla despertó con la ruptura de la bolsa, Guillermo la llevó entonces al Hospital y volvió a tomar unos exámenes. Volvió y Carla estaba con trabajo de parto y él, cerca corrigiendo los exámenes. No pudo terminar y volvió al colegio con la noticia de que había sido padre y era tanta la felicidad que no podía evaluar, por lo que todos tenían un siete. Cuando Guillermo llegó a esta vida, su padre estaba también fascinado, porque tenía un hombre en la familia.
La familia de Guillermo Rojas era de derecha. De hecho, uno de sus hermanos era militar, quien no contestó al llamado desesperado de Carla y sólo ofreció su ayuda tras jubilarse. En cambio, sus suegros fueron una gran familia, preocupados por sus nietos y su entonces joven esposa, el suegro murió unos años después de la desaparición de su hijo, “no aguantó la pena”, reflexiona Carla; mientras que la suegra vivió hasta los 98 años, esperando.
-Nunca perdió su capacidad de memoria, hablabas con ella y estaba lúcida, aún esperando por su hijo. Siempre me decía que si sabía alguna noticia, fuera la que fuera, nunca se la ocultara, yo siempre le decía que le iba a decir la verdad, que era un compromiso y eso no pasó.

AÑOS TAN DUROS

Carla, el año 1974, trabajaba también como profesora en Chañaral. El jefe de zona la despidió, bajo el argumento de que “habiendo tanta gente de derecha cesante yo no podía pretender trabajar”, recuerda aún con un destello en sus ojos. Afortunadamente tenía una familia en Copiapó que la recibió, tomando en cuenta que un desaparecido no recibía sueldo, licencia ni la posibilidad de pensiones para sus familias.
En el Liceo Católico Atacama Carla volvió a trabajar. No llevaba una semana cuando uno de los sacerdotes recibió una llamada anónima, reclamando por su presencia en el establecimiento:
- Cuando me contrataron nunca me preguntaron nada y yo no dije nada. Después de la llamada, me llamaron a la oficina y el padre Jean me dice “Carla, qué pasa, me llamaron de forma anónima de tal cosa”. Habían pasado cuatro años, le conté lo que había pasado y me responde ‘tranquila, seguirás trabajando… y yo sé quién fue la persona que llamó, porque le reconocí la voz’. Así que desde esa fecha nunca más me sentí desprotegida. El Liceo Católico pertenece al Obispado y terminé de trabajar allí después de 30 años y vuelvo a trabajar acá al obispado, en la Fundación IEP. Nunca faltó nada, en eso debo dar gracias porque no fue la misma situación de otras mujeres esposas de detenidos desaparecidos – me relata Carla en una reflexión sobre uno de los aspectos menos narrados de las mujeres que vivieron las desapariciones forzadas: el empobrecimiento.
- Conversé con una de ellas, que su marido fue fusilado y me decía que no puede perdonar porque me decía ‘mírame las manos, trabajé de lavandera, pucha cuánto tuve que trabajar, tenía 6 hijos’, uno sufre de muchas maneras. Aquí uno sufrió no solo por lo militar, los civiles tienen mucho que decir en esto. Yo estaba en Chañaral y la gente cruzaba la calle para no saludarme, gente que conocía. Mis papás, mis abuelos habían tenido participación, colaboradores con el pueblo y sin embargo… uno puede decir que era miedo, pero los amigos verdaderos no tuvieron miedo y estuvieron conmigo – continúa esta mujer ya mayor sobre aquellos años.
Las gestiones de la familia de Carla llegaron lejos. Ellos tienen doble nacionalidad italiana, y sus padres y abuelos hicieron las acciones con su embajada en torno a la desaparición de Guillermo. Desde la embajada de Italia le preguntaron al gobierno chileno qué había ocurrido con el profesor, cónyuge de una ciudadana italiana, a pesar de que dicho país había cortado relaciones diplomáticas con Chile por esos años. La respuesta práctica fue la amenaza de expulsar a toda la familia si continuaban las preguntas y ante la posibilidad del exilio, Carla no decidió no irse, temiendo no encontrarse con Guillermo si estaba vivo y salía libre.
Recuerda con cariño al Obispo Fernando Ariztía, como una persona preocupada de ella y su familia, cariñoso y siempre preguntando si había novedades respecto a Guillermo. Recuerda haber participado de una reunión con familiares de detenidos desaparecidos, en su rol activo en materia de violaciones a los derechos humanos, como también sentirse protegida con un líder que no le tenía miedo a los militares. “Siento que a él se le debe mucho en la región”, dice Carla.
EL LÍDER
Guillermo amaba pescar. Tenía amigos y amigas en Chañaral, con quienes compartía este pasatiempo. Le gustaba leer, sobre todo temas científicos, especialmente física. Era militante del Partido Socialista, conocía a mucha gente en la ciudad, y había emergido como un líder durante los aluviones de 1972.
-Se viene el Río Salado y queda divido Chañaral donde estaba la bomba y el cementerio y toma todo abajo y muchas de las casas que se anegaron ahora también lo hicieron el 72. Él parte a organizar la comunidad, en esos años teníamos menos herramientas, no existían redes sociales. En Chañaral había un teléfono. Ahí se hace un líder social en la comunidad, un referente. Su participación política no fue tan grande para las consecuencias que tuvo. Le tenían miedo, tenía poder de convocatoria, eso sí, un gran poder de juntar, aglutinar  - recuerda Carla.
Consultada sobre el proceso judicial, Carla cree que no tiene destino para averiguar el paradero de quien fue su esposo.
- He dado declaraciones en tantas partes y no hay mayores antecedentes, no hay registros de él en ninguna parte y no me cabe ninguna duda que lo mataron en el camino y no llegó a ninguna parte. Entonces él podría estar en cualquier lugar en el mar, con tanta costa y lo dejaron por ahí. Una vez mi hija fue a ver un brujo, ella no le dijo nada de su papá y el hombre le dijo: “tu papá siempre está al lado de ustedes y él está en un lugar muy bonito, húmedo”. No es posible que hayan encontrado a tanta gente y él no es el único, hay más personas que no han aparecido. Lo encuentro terrible e injusto. Si estaba tan mal este país, por qué no llegó la dictadura y ordenó no más las cosas, pero no matar y torturar.  Mi gran preocupación es que van pasando los años, en esos años tenía 24 años, era una niña y me preocupa irme y sin saber la verdad, porque yo le voy a dejar esa herencia a mis hijos, y a mis nietos y ellos tendrán que tomar la posta de esto, la gente que tiene que decir algo se está muriendo o dice que está enfermo y no avanzamos. Para cerrar heridas también tiene que haber verdad, como mínimo. No estoy pidiendo nada más que saber la verdad, es decir pasó esto, en tal parte quedó a lo mejor ni siquiera podemos recuperar, pero saber dónde está, porque en este minuto no sabemos y siempre estamos con esto –reflexiona Carla sobre un proceso que en su familia aún no ha concluido.

LA SILLA VACÍA

La escuela consolidada en la actualidad es el Liceo Federico Varela, donde se ha transmitido oralmente y casi como un mito, sin documentos oficiales que avalen la historia, la desaparición de Guillermo Rojas. Un profesor de la escuela, que fue sacado de su sala de clases en la escuela nocturna por agentes de la DINA, quedando su chaqueta colgada en su silla vacía de profesor.