26 jun 2019

Edwin Mancilla Hess, un hermano ejemplar



Verónica Mancilla hoy tiene 64 años y al momento de la entrevista, se encuentra junto a su hermano Patricio. Conversamos por teléfono, porque ambos están en el campo, al interior de la región de Coquimbo, cerca de Punitaqui. Mientras me habla, mira la foto de su hermano Edwin que, de estar vivo, tendría 66, aunque sólo llegó a los 21. Era estudiante de la Escuela Normal, y le faltaba muy poco para concluir sus estudios en pedagogía.
- Era alto, como de un metro ochenta, de cara larga, blanco, con un ojos pardos- verdosos… pelo castaño. Lo recuerdo como una persona bondadosa, un hombre cariñoso, preocupado y buen mozo. Sí, inteligente. Me llevó a Copiapó a estudiar, porque en Punitaqui no había secundaria y llegábamos hasta octavo básico nomas. También me ayudaba en las tareas y fue mi apoderado. Todo para que yo tuviera un futuro mejor. Fue un hermano ejemplar, de buenos valores -me dice al otro lado del teléfono, cuando un silencio se alarga y me confiesa que le da mucha pena hablar de su hermano, con esa voz temblorosa que acompaña a las lágrimas.
Verónica logró el objetivo, ya que obtuvo su título como secretaria administrativa, en el Instituto Comercial de aquellos años en Copiapó. Hace un esfuerzo para continuar hablando y me cuenta de los años de niñez, en que fueron muy cercanos. Jugaban en familia, cuando el padre durante las tardes reunía a todos sus hijos y debían cantar uno por uno. Edwin interpretaba canciones de “Joselito” o de Sandro. También era cercano a la iglesia católica, así que cada vez que recogían un pajarito muerto u otro animal perdía la vida, él se vestía como sacerdote mientras el resto de los niños hacía un cortejo fúnebre y lo despedían en un solemne funeral que él conducía.
En Copiapó, Verónica lo acompañó a las marchas, a las poblaciones, a sus actividades políticas de tipo público. Conoció el campamento Arnoldo Ríos, donde Edwin trabajó arduamente junto a los vecinos y vecinas que se instalaron en dicho sector.
Patricio recuerda la infancia que vivieron en Punitaqui, donde jugaban a la pelota e intensas partidas de ajedrez. Su hermano estudió en la escuela 16 y fue un alumno con buenas notas, excelente comportamiento, a todas luces un niño normal. A los doce años dejó esta localidad rural rumbo a la Escuela Normal de Copiapó, que en ese tiempo comenzaba su formación desde el sexto de humanidades, es decir el actual séptimo básico.
Ya instalado en su nuevo establecimiento, según evoca Patricio, lo impresionó el profesor Hugo Marín con sus ideales sobre una sociedad distinta y comenzó su tránsito hacia el socialismo. Cuando asumió Salvador Allende Mancilla se dedicó de lleno a la actividad política desde el frente revolucionario y posteriormente, al MIR. Siempre se mantuvo informado y cumpliendo un rol de orientación hacia quienes estaban cerca.
Su amor por el fútbol era un poco menor que el que sentía por la política. Fue dirigente gremial y deportivo, tanto así que muchas de las reuniones del MIR se realizaban cerca de una cancha de fútbol, luego que Edwin terminaba el partido.
- Yo supe que fue secretario del MIR en Copiapó, él  daba los discursos en la plaza, en el estadio dando a conocer las ideas, tenía un programa de radio también, en la escuela se hizo partícipe de algunos programas deportivos. Es decir, estaba muy preocupado de la parte social y también deportiva -recuerda Patricio, quien agrega que impulsó a todos sus hermanos, como también apoyó a su madre.
Patricio compartió con él en la Escuela Normal. Durante años vivieron en el internado. La mayor dificultad que enfrentaban era alimentarse durante el fin de semana, días que no entregaban almuerzo en el lugar, ya que la mayoría de los internos provenientes del valle volvían a sus hogares el fin de semana, posibilidad que ellos no tenían como tampoco parientes en la ciudad. Problema que se solucionó cuando a los hermanos Mancilla les dieron una beca especial.
Edwin fue un seguidor del Colo Colo mientras que Patricio de la U de Chile. También discutían de política, porque Patricio ingresó a la Democracia Cristiana, colectividad que por esos años se ubicaba en la oposición al gobierno de la Unidad Popular. Pero ninguna verdadera pelea que los separara, ya que siempre prevalecía el lazo de hermanos y el respeto.

EL MILITANTE

Sergio Jirón compartía militancia con Edwin. Decidieron arrendar una casa juntos. En realidad, hacía meses que habían dedicado todo su tiempo a la actividad política como dirigentes del MIR, ya que veían venir el golpe y estaban jugándose el todo por el todo. Edwin recibía algo así como un salario por ello, uno cercano a lo que actualmente sería un sueldo mínimo. Jirón, luego de abandonar la universidad, se fue a trabajar a la Enami. Primero arrendaron una casa en pasaje Maipú, en la populosa población Pedro León Gallo y luego en el sector céntrico de la ciudad, en una vivienda de dos pisos. El día del golpe, partieron a casas de seguridad distintas.
Pero antes de eso tenían una vida con mucho en común. Dormían en una pieza con dos camarotes, uno para los invitados. Compartían ropa, comida, la afición de jugar a la pelota y la tarea de disciplinar a los compañeros:
- Era duro, porque otros compañeros se caían “al litro” de vez en cuando y les sancionaban, pero ecuánime, consecuente y muy austero -relata Sergio y continúa evocando su forma de ser- tímido, tenía una capacidad de síntesis muy buena, pero no tenía discurso retórico. En el área emocional, era muy reservado, nunca le conocimos nada oficial… no así como otros niños que eran más entradores, él era muy recatado.
Jirón describe después del golpe esas calles vigiladas por militares con metralletas, donde debían tratar de resistir primero y posteriormente mantenerse con vida sin ser atrapados. Eran tiempos muy duros, con pocos recursos y sin apoyo. A Edwin lo estaban buscando, hasta que lo encontraron a mediados de octubre, refugiado en la casa donde arrendaba Atilio Ugarte. A ambos los detuvieron y posteriormente asesinaron.
-Mire, estaba a punto de ejercer, le faltaba un año cuando le llegó el día fatal, así que no terminó sus estudios – dice su hermano, quien actualmente también está viviendo su etapa de adulto mayor.

Leopoldo Larravide López, Presidente de la Federación de Estudiantes de la UTE



Su nombre completo era Raúl Leopoldo Larravide López y estudiaba Ingeniería en Minas. Una persona activa, con el don de hablar en público, ser escuchado con atención y convencer. Su porte alto, cuerpo de contextura atlética, una calvicie prematura -para sus 21 años- que comenzaba a notarse, de pelo y ojos claros lo hacía, en palabras de la época, tener “mucha llegada con las mujeres”. Su inteligencia también le ganó el respeto de sus pares y profesores dentro de la carrera de Ingeniería en Minas.
El año 1973 era presidente de la Federación de Estudiantes de la entonces Universidad Técnica del Estado sede Copiapó, militante del MIR y activo dirigente del Movimiento de Universitarios de Izquierda, MUI. Un estudiante que en esos tiempos multiplicaba su tiempo entre la actividad política, el apoyo a las acciones en las poblaciones, los estudios y su vida personal.
A la UTE llegó el año 1971. Sergio Jirón lo conoció bastante, en su calidad de compañeros en el MIR y de la universidad, dos ámbitos desde los cuales apreció esa gran capacidad de organización que tenía:
- Era una persona increíble en su forma de organizar el tiempo, de hacerlo bien, porque fue un excelente alumno, extraordinario y tenía tiempo para las reuniones que no eran pocas. En la Universidad se usaban mucho los locales que eran para estudiar, había dos a tres salas chicas, donde nos reuníamos, también en el internado, incluso en los parques.  Después donde vivíamos, que eran arriendos baratos de casas.
También Jirón recuerda una anécdota. Estaban trabajando en una población y Leopoldo acudió al llamado de ir a apoyar unas movilizaciones. Como corrían tiempos duros en que muchas veces aparecían personas de extrema derecha a enfrentarlos, al ver a Larravide ingresar a la población, uno de los miristas tomó un bate para defenderse. Quienes conocían al dirigente estudiantil  detuvieron al mirista y  presentaron al dirigente estudiantil explicando que militaba en el MIR y se trataba de una persona de confianza.
Leopoldo vivía con su pareja, una estudiante y compañera de carrera que en los primeros días de septiembre partió a Santiago junto a su familia para tener el hijo de ambos en la capital.  Al joven dirigente estudiantil lo detuvieron el 12 de septiembre al interior de la Universidad. Según consigna el libro Memorial de la Universidad Técnica del Estado y Santiago de Chile su conviviente  “fue avisada por teléfono desde Copiapó que Raúl había sido detenido cuando asistía a clases. Una hermana de Raúl, Clemencia, viajó de inmediato y pudo visitarlo dos veces en el Regimiento y dos veces en la cárcel donde había sido trasladado. Había sido torturado. Clemencia regresó a Santiago. El 17 de octubre a las 10:00 A.M. llamó Clemencia desde Santiago a la cárcel de Copiapó para avisarle a Raúl el feliz nacimiento de un niño. Dijeron le darían la buena noticia. El 18 de octubre la llamaron por teléfono” indica el libro en torno a esa feliz noticia que Leopoldo nunca recibió.

Luis Segovia Villalobos, ingeniero de confianza de la UP




Ocaso de una madre


Cuánto sufro sin ti, hijo mío.
Me siento triste, vacía,
siento tus pasos, tu voz,
musité tu nombre
dije mil cosas
y todo pasa como una nube
en la noche triste del infinito.
Te recordaré por siempre y por siempre te amaré.
Hijo mío, dónde estás!
Te necesito
como una madre a su hijo bueno y adorable.
Estoy tan sola
solo con tus recuerdos
y recordándote siempre
con el amor sublime y eterno.


Fresia Villalobos a su hijo Luis Segovia.






Su familia le decía “Chin”. Nació en 1945 y estudió en el Liceo José Antonio Carvajal. Casi al terminar las humanidades se trasladó a Santiago, a la Escuela Industrial de San Miguel, desde donde se tituló como técnico electricista. Quiso ser profesional, con este fin ingresó a la Universidad Técnica del Estado, retornando a su tierra natal, Copiapó, obteniendo el título de ingeniero topógrafo en el año 1970.
En Santiago, había conocido la efervescencia por los cambios sociales y las revoluciones, desde allá presenció el mayo del 68 y las tomas estudiantiles en la capital que marcaron grandes cambios en la educación. Adoptó las ideas socialistas, ingresando al PS, formó parte del GAP, fue de los primeros en integrar este grupo encargado de proteger a Allende, estuvo en el cañaveral, recibió instrucción para resistir tiempos difíciles como la falta de comida o de comodidades tan habituales como una cama. En Copiapó, también jugó un rol importante como dirigente estudiantil.
Ivonne Villalobos Salcedo fue su prima. Con seis años de diferencia en edad a favor de ella, se criaron juntos encontrándose en la casa de la abuela materna y él, hijo único, fue el niño cercano, como un hermano para ella, la que crecía en medio de seis hermanas. Por eso cuando desapareció, lo extrañó de sobre manera.
-El año 1972 yo estudiaba en la escuela normal y mi primo desapareció 6 meses y lo extrañamos mucho. Él siempre se movilizaba entre Santiago y Copiapó, pero ahora no sabíamos nada de él. Mi familia se preocupaba por él, cuando volvió se encerró con mi papá en una habitación un día entero. Nosotros parando la oreja supimos que había estado en Cuba y no sabemos que estuvo haciendo. No sé, hilando cosas, mi otro primo nos contó cosas dispersas, como una vez mi primo Jorge lo fue a dejar al aeropuerto y mi primo Chin le fue haciendo hartas piruetas en el auto… por ejemplo manejaba, se escondía, manejaba con los pies. Jorge me dijo que era capo, por cómo se escondía debajo del volante.
Cuando se tituló, comenzó a trabajar en la Municipalidad de Copiapó junto a sus amigos de infancia “Chalo” Guerra y Patricio Polanco, luego a la familia le contó que el gobierno de Allende le pidió que se hiciera cargo en Tocopilla de áreas estratégicas para la producción en la termoeléctrica que entonces formaba parte del patrimonio de Codelco.
-No le importaban las cosas materiales y se vestía bien, porque siempre tuvo todo y de lo mejor… pero si veía a un compañero con una camisa en pleno invierno y andaba con chaqueta, se la regalaba y mis tías se enojaban porque decían que las cosas costaban y él respondía que las cosas materiales no importaban – relata su prima sobre su generosidad.
Una vez el padre de Ivonne estaba molesto por el desabastecimiento y le dijo a Luis que estaba bueno, que mejor los militares se tomaran el poder. La respuesta de Chin fue firme, le indicó que nunca dijera algo así, porque de ocurrir, a él no lo volverían a ver. Ivonne recuerda la escena, con Luis afeitándose en el baño y saliendo con la espuma en el rostro y la máquina de afeitar en la mano a responderle a su tío. Una imagen que jamás olvidó de esas palabras que resultaron premonitorias.
Del norte, todos los meses llegaba encomienda, grandes, con mantequilla de maní, la preferida de Ivonne, útiles de aseo, ropa interior para los hermanos, zapatos, implementos para curaciones de primeros auxilios. Sumado a ello, Luis les mandaba mensualmente dinero a los tres primos que estaban cursando sus estudios superiores.
Las últimas noticias del primo llegaron a través del teléfono de una familia vecina. La madre de Ivonne conversó con él y le dio la noticia a su esposo que Luis estaría en Copiapó para las fiestas patrias, pedía que lo esperaran con un chanchito.
Ivonne estaba en Huasco para el golpe de Estado, haciendo su práctica profesional. Se celebraba el día del profesor y visitarían la Hacienda Las Tablas. Cuando temprano en la mañana escuchó el último discurso de Allende se puso a llorar, pensando en su primo. El paseo se efectuó de todas maneras y los organizadores escondieron las radios para que los asistentes no sufrieran con la caída de un gobierno que gran parte de ellos apoyaban. Tuvieron que ir a Freirina, pueblo que se veía transformado con banderas en cada casa, marchas militares y bandos escuchándose a todo volumen por las calles.  Los pilló el primer toque de queda en el paseo y la micro concertada jamás llegó así que tuvieron que caminar kilómetros para volver a Huasco. Llegaron bastante avanzada la noche. Para Ivonne fue imposible dormir, además que escuchaba balaceras que le aumentaban la angustia pensando en la suerte de su primo.
En Huasco había un solo teléfono, ubicado en el hotel, desde donde Ivonne recibió la llamada de su familia comunicándole que no había noticias de Chin. Con los años supo que el viaje a Cuba lo puso en la mira de la represión, que tuvo doble militancia ya que también formaba parte del MIR, que Luis estaba en la calle principal de Tocopilla el 12 de septiembre cuando lo detuvieron.
Una de las hermanas de Ivonne, con sus 18 años, obtuvo el permiso y el dinero y partió a Tocopilla a buscar a Luis. Entró al departamento en la llamada población Chile, un condominio donde vivían los supervisores y gente que trabajaba para Codelco correspondiente a Chuquicamata, encontró el que habitaba su primo, entró y vio con horror que todo estaba en el suelo, saqueado, las camas dadas vuelta. Recogió unos pasajes de avión desde Antofagasta a Copiapó.
- Mi hermana fue a carabineros y le dijeron que no estaba en la lista, que tenía que ir no sé para donde y no fue, se vino a Copiapó. Entre medio la amenazaron que era muy chica para andar buscándolo y disparates como ‘quizás a donde fueron los marxistas’. Volvió para el 18 de septiembre. Llegó un telegrama que mi primo estaba en Santiago y nunca nadie supo quién lo mandó, sin remitente, decía: “en Santiago, sin novedad, saludos Chin”. Mi hermana en vista de eso volvió a Tocopilla y ahí le dijeron que mi primo estaba en Antofagasta en el Regimiento Esmeralda, que llevara frazada y almuerzo. Viajó. Andaba con mi tía Inés, se estaban preparando para ir a verlo y en eso llega el diario Estrella del Norte… Ahí venía el bando donde daba cuenta que lo habían llevado a una mina a desenterrar dinamitas y que habían tratado de escapar y se le había aplicado la ley de fuga, que Luis Segovia huyó herido al interior de la mina. Que a dos los mataron. Nos quedamos con eso, que más podíamos hacer, éramos puras cabras chicas, él era el mayor –recuerda Ivonne sobre la trágica información que golpeó a toda la familia.
Un amigo suplementero llamó a la familia cuando la Revista Cauce en la edición número 9 de marzo de 1984 publicó la verdad de lo ocurrido en Tocopilla con su primo. Ahí se enteraron y comenzó otro camino. En sus páginas pudieron leer que en el sector conocido como Tres Puntas, distante unos 10 kilómetros de Tocopilla, se encuentra la mina La Veleidosa, territorio con yacimientos de oro, plata y cobre de pequeños mineros y pirquineros durante siglos.
Leyeron la historia de Jorge Muñoz, quien en 1974 buscaba mineral por las minas abandonadas, junto a otros dos mineros, cuando ingresó al pique de La Veleidosa y se encontró con una pila de cadáveres. Entre ellos, reconoció el del médico Claudio Tognola, detenido desaparecido tras el golpe militar. A la salida, carabineros los detuvo, con violencia los interrogó y posteriormente los obligó a usar su propia dinamita en el pique, para hacer desaparecer las evidencias de tan macabro crimen.
Un trauma acompañó a este minero especialmente durante las noches en que no lograba conciliar el sueño, por lo que confesó a varios de sus compañeros de labores las dificultades que vivía después de haber presenciado los cuerpos y dinamitarlos. A los pocos meses murió de una enfermedad. Carabineros volvió a hacer explotar la mina, luego que un griego interesado en invertir visitara La Veleidosa y expresara su preocupación ante la presencia de osamentas. Así, cerraron el ingreso al pique para que nadie pudiera volver a entrar nuevamente al lugar. Pero ya todo el pueblo de Tocopilla conocía la historia.
En el reportaje, Marcelo Castillo visita Tocopilla e investiga la situación. Un texto que deja en evidencia la falsedad de la información oficial: donde los detenidos Luis Segovia Villalobos, Claudio Tognola, Reinaldo Aguirre, Carlos Garay y Freddy Navarro habría sido llevados a una inspección a una mina abandonada, cuando intentaron fugarse, arrancando tres de ellos y dos fusilados. El reportaje da cuenta del estado del ingreso a la mina, dinamitado, la experiencia de los mineros que sabían de los cuerpos en su interior como también el testimonio anónimo de un oficial en retiro de la Fach que se negó a eliminar detenidos durante los traslados.
Al llegar los años ’90, la mina fue explorada y lograron recuperarse restos mortales, que fueron entregados a las familias y sepultados en un funeral que congregó a gran parte de la comunidad tocpillana. Ivonne quiso que su primo descansara en el memorial en homenaje a las víctimas de la dictadura del Cementerio de Copiapó, donde también tuvo un funeral masivo. Sin embargo, actualmente su cuerpo ha vuelto a ser estudiado y se encuentra en laboratorios especializados en Europa.

Guillermo Vargas, un estudiante asesinado en su universidad



Ocurrió el 5 de septiembre de 1984. Fue un momento en que los de la Universidad de Atacama estaban movilizados sumándose a un llamado nacional, se tomaron las instalaciones mientras un grupo salió a Copayapu y cortó la carretera. Carabineros y militares estaban afuera, esperando.  Con la autorización del rector de la época, Vicente Rodríguez, los militares ingresaron a la casa de estudios, golpearon y detuvieron en el suelo del economato a cerca de doscientos estudiantes.
Otros tantos decidieron huir, se dirigieron hacia el río y el cerro, cuando comenzaron los disparos. Guillermo cruzó por el puente que daba a la mina que utilizaban para prácticas, iba con un amigo, corriendo. No quería ser detenido. Ese día a primera hora había tenido una prueba de la carrera de Ingeniería que cursaba. Comenzaron a subir el cerro. Si miraban hacia abajo y a los lados, se veían militares, carabineros y aunque ellos no lo sabían, también agentes de la CNI que estaban en el lugar. Un poco más allá un CNI infiltrado como estudiante, recibió una bala y murió.
Guillermo y su amigo sentían los disparos mientras corrían.  Una bala en la cabeza detuvo su carrera, lo derribó y mató inmediatamente. Tenía 21 años.
El Obispo Fernando Ariztía ingresó al lugar y alcanzó a percatarse que estaban poniendo elementos explosivos en sus ropas, para justificar su muerte y así culparlo de ser un peligroso terrorista.
Ese día hubo 300 detenidos, gran parte de ellos menores de edad, estudiantes de enseñanza media del Grado Técnico Profesional que tenían sus clases regulares en la UDA, catorce heridos, dos de ellos de extrema gravedad que debieron ser operados en el Hospital para continuar vivos.
El funeral fue gigantesco, para una ciudad pequeña como el Copiapó de los ochenta, cinco mil personas se volcaron a las calles a despedirlo. Todo el pueblo.
Esta muerte de un inocente, ha marcado generaciones de estudiantes de la Universidad de Atacama e inspirado la creación de artistas para que la historia de este joven no se olvide en el tiempo. Así nació la novela de Osman Cortés “Las muertes perpetuas” que cuenta la historia de un estudiante ficticio, en medio de los ochenta, que forma parte del movimiento estudiantil y como tal está ahí, en la UDA, el día que asesinan a Vargas. Juan Manuel Cáceres también fue ganador de un Fondart, que le permitió escribir un guión para transformar en una película esta historia.
Jóvenes pertenecientes al Centro de Investigación Estudiantil de dicha casa de estudios hicieron un mini documental llamado “Guillermo Vargas Íntimo” donde hablan la madre, su hermana y un profesor. Y en la Universidad en forma más oficial, hay un monolito que lo recuerda, un mural y una calle interna que lleva su nombre.
Guillermo era el cuarto de 6 hermanos en una familia donde dos de ellas ya se habían casado. De carácter alegre muy alegre, solía “tirar tallas”, vivir rodeado de amigos que constantemente visitaban a su casa. Su hermana Ximena, relata que durante la enseñanza media –la que cursó en el Liceo Católico- “siempre salió mejor compañero”. Con la madre era cariñoso, preocupado también de su padre y muy consciente de la situación económica que vivía la familia, así que cuando obtuvo su licencia de conducir comenzó a ayudar con el taxi colectivo que sustentaba el hogar. Antes, su papá trabajaba como jefe de turno de la mina de Cerro Imán, hasta que lo finiquitaron. Al parecer, una exoneración política.
En casa le decían Wille, escuchaba música como Queen y The Police, los que alternó sin problemas con el Canto Nuevo y Silvio Rodríguez. Dicen que era bueno para pololear, en su familia conocieron a su primer amor, Viviana, y a Isa, una compañera del baile religioso de “los pieles rojas”, del que ambos formaban parte. De acuerdo al funcionamiento de estas agrupaciones de bailes religiosos que danzan en las festividades católicas ante La Virgen de La Candelaria, el Día de la virgen, entre otras, se hace una manda por una determinada cantidad de tiempo. Guillermo se comprometió por cinco años y alcanzó a hacer tres. Ximena completó los otros dos que su hermano no logró cumplir.
-Isa fue importante. Fue bien cercana a mi casa, de hecho después que mataron al Wille quedó tan mal como mi mamá, la veías como alma en pena -recuerda Ximena sobre esos días y meses tan llenos de dolor para la familia y quienes quisieron a Guillermo- él era bien importante en la familia, el hombre mayor de los hermanos, todas las fichas estaban puestas ahí, el único que había entrado a la universidad, súper orgullosos de él porque era inteligente, estudioso, disciplinado y con buenas notas.

Guillermo a veces andaba en moto, en la de un amigo, le gustaba ir a mochilear, salir a bailar a la discoteque, la “Music” en Atacama, ir a fiestas, andar en lotes con amigos. También viajaba a La Ligua a comprar chalecos para vender y como no había mucho dinero se iba a dedo para allá. Cuando podía, se arrancaba a Caldera con sus amigos. No tuvo militancia política alguna, pero sí conciencia de lo que ocurría en el país y en la universidad, donde veía a algunos de sus compañeros que no tenían como alimentarse.
La muerte de su hermano, para Ximena fue dejar de ser niña y aterrizar bruscamente en una realidad donde no había seguridades ni justicia. Fue una transformación brutal:
- Fue como que te pegaran una cachetada, porque a los 13 años andas pensando en pasarlo bien y al otro día andaba peleando contra Pinochet, fue brusco el cambio. He vivido todo este tiempo con esta espina del por qué a nosotros, porque a él… Después entendí que era más bien por qué no a él. Me volví rebelde, con rabia y protestas, encuentros que había, iba.  Me llevaron detenida una vez y ahí me calmé porque en mi casa pensaron que me iban a devolver en un cajón muerta a los 18 años. Tuve dos amigas que me contenían mucho y ellas… una en especial en días de protestas se subía conmigo y me iba a dejar a mi casa porque sabía que me iba a ir y me iba a bajar en la protesta.
Ximena recuerda que fueron como dos años de luto en su casa, con su madre depresiva y su padre sin deseos de nada. Varias veces a él lo encontraron estacionado frente a la universidad, mirando hacia el cerro, en su colectivo, el que desgraciadamente tenía como parte del recorrido esa casa de estudios. Tiempo terrible para la familia. Ahora, la madre y los hermanos de Wille esperan que por fin haya justicia y se identifique a él o los responsables del asesinato del joven estudiante. A 34 años de ocurridos los hechos, se realizó en el mes de julio (2018) la reconstitución de la escena del crimen, en el segundo proceso que se efectúa, ya que el anterior fue cerrado por falta de méritos.




Carlos Quiroga, administrador de Salitrera Pedro de Valdivia


Carlos Desiderio Quiroga Rojas, de 32 años de edad, se desempeñaba como administrador de la Salitrera Pedro de Valdivia. Hombre del Partido Socialista con doble militancia en el MIR. Casado, tenía dos hijos. Fue estudiante y también profesor de la Escuela de Minas, Universidad Técnica del Estado, sede Copiapó.
Carabineros en Pedro de Valdivia lo detuvieron el 12 de septiembre de 1973 y lo enviaron a la Cárcel de Antofagasta. Allí se le sometió a un consejo de guerra rol 347.73 del Primer Juzgado Militar de Antofagasta, donde fue acusado de fabricación y distribución de granadas caseras, adoctrinamiento subversivo, espionaje y subversión en contra de las Fuerzas Armadas, además de participación en el plan Z. Fue encontrado culpable y condenado a muerte. La ejecución se practicó el día 20 de septiembre.
Cuando sus familiares recibieron su cuerpo, tenía claros signos de tortura. La Comisión de Verdad y Reconciliación estimó que dicho consejo de guerra fue totalmente irregular, al margen de un debido proceso, por lo que su muerte constituye un hecho de violación de los Derechos Humanos, de responsabilidad de agentes del Estado; por las siguientes razones:
-          No contó con una debida defensa letrada, enterándose sus familiares de la existencia del Consejo de Guerra cuando ya había sido ejecutado;
-          En el fallo examinado no aparecen debidamente probadas las acusaciones en su contra de ambos y la negativa de haber participado en los hechos que se le imputaban, fue desechada sin ponderarla;
-          Fueron procesados y condenados de acuerdo al procedimiento y la penalidad de tiempo de guerra, en circunstancias que los eventuales delitos habrían sido cometidos con anterioridad a la declaración del estado de guerra;
-          No se consideró la atenuante de irreprochable conducta anterior, a la que tenía derecho y se les hizo valer varias agravantes, incluso la específica del artículo 213 No. 1 del Código de Justicia Militar, que sólo es posible de configurar respecto de militares que actúan en actos de servicio.

Dagoberto Cortés Guajardo en la resistencia



Para el golpe de Estado, Dagoberto Cortés estudiaba la carrera de ingeniería en minas de la Universidad Técnica del Estado en la sede de Copiapó, pero se encontraba realizando tareas políticas como mirista fuera de la ciudad, así que decidió no volver y se dedicó a la acción política de resistencia desde la clandestinidad.

Los agentes de la DINA lograron detenerlo dos años después y lo mantuvieron incomunicado en Villa Grimaldi. Allí fue visto por algunos sobrevivientes. Higinio Espergue, ex preso político y dirigente de la Agrupación Villa Grimaldi dio ejemplo de los tormentos a los que fue sometido “en el lugar de los estacionamientos a Dagoberto Cortés, le pasaron un vehículo por las piernas como parte de la tortura”. Según archivos de la Vicaría de la Solidaridad, este hecho le provocó una fractura. Estuvo detenido hasta diciembre de 1976, y luego de salir libre, partió a Bélgica. Sin embargo, volvió clandestinamente al país, y continuó su tarea de resistencia contra la dictadura desde el MIR bajo el nombre de “Yamil”.

Llegó a ser el segundo jefe del MIR. Su pareja fue la médica Elizabeth Rendic, de 30 años, jefa del grupo asistencial de la misma colectividad, quien fue detenida por la CNI, un 28 de noviembre de 1982, a los 33 años, en una calle de Santiago, Dagoberto se enfrentó a Carabineros y fue alcanzado por los disparos de la policía. La versión oficial publicada en Diario La Segunda del 30 de noviembre de ese año, dijo que la pareja asaltó un taxi y apareció una patrulla de Carabineros contra la que se enfrentaron. La comisión verdad y reconciliación desestimó dicha versión y determinó que Dagoberto Cortés fue víctima de la violencia política. La joven doctora estuvo detenida y sufrió escalofriantes torturas.

Hugo Alfaro Castro, líder por la integración de las personas con discapacidad visual


Hugo Alfaro Castro nació un 7 de octubre de 1931. Tuvo dos profesiones: ingeniero en minas y profesor normalista. La primera de ellas la estudió en la Escuela Técnico del Estado, UTE sede Copiapó.
A principios de la década del 50, trabajaba en la mina Sewel, donde sufrió un accidente laboral producto de una explosión química que le quitó la vista. Ahí dejó su carrera de ingeniero y al recuperarse estudió para ser profesor, titulándose a pesar de su ceguera. Por lo mismo, al experimentar  las dificultades de un mundo que no está pensado para las personas con discapacidades, se transformó en un activo luchador por la integración de las personas con discapacidades audiovisuales, como también por una sociedad de mayor igualdad social.
Su carrera como docente la desempeñó en la escuela especial para ciegos ubicada en Ñuñoa, Santiago y en el Hogar para Ciegos Santa Lucía en la comuna de San Miguel. Se casó con Silvia Campusano, naciendo de aquella unión Silvia, Hugo y Tania. Constituyeron una familia armónica y feliz. Fue miembro del Partido Socialista.
Una tranquilidad que fue interrumpida por el golpe de Estado. Lo detuvieron el 5 de octubre de 1973, lo mantuvieron recluido, sometido a trabajos forzados y posteriormente liberado. El 27 de enero de 1975, se encontraba en Tocopilla, tierra natal de su esposa, cuando la casa en que estaban fue rodeada por Carabineros y se les acusó de realizar una reunión clandestina con el fin de conspirar contra el gobierno militar y escuchar música contraria al régimen. Lo llevaron detenido, junto a otras personas que se encontraban en la vivienda.
La información oficial entregada a la familia es que en el calabozo Hugo Alfaro se ahorcó. La Comisión de Verdad y Reconciliación estimó, al igual que su familia y conocidos, que se trataba de una versión para encubrir la verdad de su muerte, más aun tomando en cuenta la condición de discapacidad visual de la víctima. Contaba con 44 años de edad.
Un testigo –testimonio registrado por la Comisión citada- indica haber presenciado a dos individuos que llevaban a rastras a la víctima y escuchó a uno de ellos preguntar qué harían. Su acompañante le respondió que deberían cambiar la causa de muerte. Además, la familia conversó con el médico que recibió el cuerpo de Hugo Alfaro en el Hospital, quien les confidenció que tenía huellas de tortura, incluyendo aplicación de electricidad.
En su homenaje, en la comuna de Pudahuel existe el “Centro de grabación e integración para ciegos Hugo Alfaro”, actualmente vigente y en funcionamiento.

José Manuel Guggiana, profesor y líder político


Tenía 40 años, de familia copiapina y carrera profesor, había estado varios años en Antofagasta, donde fue uno de los dirigentes políticos destacados en el Partido Comunista, ocupando el cargo de encargado de educación en 1972 y secretario político –máximo cargo en un territorio- hasta 1974.  Tenía tres hijos y estaba casado. Estudió en la escuela Normal Rómulo J. Peña de Copiapó.
En octubre de 1973 lo detuvieron. Primero llegó a su hogar una patrulla militar fuertemente armada y al no encontrarlo, se dirigieron a la escuela donde hacía clases. De allí lo sacaron, lo detuvieron y posteriormente lo dejaron en libertad, no sin antes amenazarlo de que lo mantendrían bajo vigilancia. En julio de 1974, llegó nuevamente a su casa agentes de SICAR, inteligencia de carabineros. Su hijo de 14 años, corrió a avisarle y lo interceptó en un paradero, evitando así su detención. Guggiana entonces se trasladó a Santiago, desde donde constituyó un equipo coordinador con Marta Ugarte y Elisa Escobar y desarrolló trabajo político con el sur del país. Mientras, en Antofagasta, volvían a buscarlo al hogar y ante la frustración de los policías, se llevaron detenido a su hijo mayor, sacándolo vendado de su hogar, en presencia de los ojos desesperados de su madre.
En mayo de 1976, la DINA se concentró en el PC. José Manuel Guggiana, a la fecha, integraba un equipo coordinador de la Comisión Política de dicho partido, junto con Marta Ugarte Román, detenida en agosto de 1976, cuyo cuerpo mutilado apareció en la playa "La Ballena", Los Molles, de la ciudad de La Ligua, en septiembre de 1976, con muestras brutales de torturas, y a Elisa Escobar, también detenida desaparecida desde mayo de 1976.
Al no llegar Marta ni Elisa a una reunión, José Manuel comenzó a buscarlas. Tres días más tarde, el 7 de mayo de 1976, anunció al dueño de la casa donde alojaba, que iría trataría de contactarse con Marta. Esa fue la última vez que se le volvió a ver.


José Gabriel Espejo Espejo



José Espejo Espejo, fue el hijo mayor del matrimonio de Berta Espejo y Samuel Burgos. No llevó el apellido Burgos porque su padre biológico fue otro, pero sí fue quien lo crió. La relación con sus hermanos fue muy cercana, Alberto, Rosa  y  Samuel, quienes lo recuerdan como un hijo respetuoso, cariñoso, una persona preocupada de cada uno de ellos, como también de sus amigos y vecinos.
José Gabriel, Gaby para su familia, era secretario político de las juventudes comunistas de Tierra Amarilla. A principios de 1976 había sido detenido en Caldera, por estar en una fiesta con amigos pasada la hora del toque de queda. Esa vez le contó a su familia que no pudo evitar enfrentar al militar a cargo, que le dijo ‘las cosas iban a cambiar tarde o temprano el pueblo reaccionaría’ y llamó a los militares presentes a no olvidarse de su humanidad. Esa noche lo soltaron.
Fue otra la noche más terrible, la del 19 de marzo de ese mismo año. José se encontraba con varios de sus amigos compartiendo en una casa de Tierra Amarilla. Cuando se dirigían de vuelta a sus hogares, junto a sus amigos Mario Mercado y otro conocido como “el turco”, se encontraron con una patrulla militar. Corrieron y Mario Mercado alcanzó a entrar a su casa, se escondió debajo de su cama y así eludió a los militares que entraron a su domicilio en su búsqueda.
José siguió corriendo. Estaba llegando a su casa, ubicada en la población Gabriela Mistral, ya en la puerta, cuando la familia y los vecinos sintieron disparos. Inmediatamente padre y madre salieron a ver qué sucedía y hallaron al hijo muerto. Un asesinato que marcó para siempre la vida de esta familia.
Nos encontramos en un café ubicado en el centro de Copiapó con Samuel Burgos, su hermano menor y su sobrina, Evelyn Cerda, quienes recuerdan esa noche:
-La patrulla lo tomó y lo soltó, le dijeron que se fuera a su casa, fue lo peor, alcanzó a llegar a la puerta y le dispararon por la espalda… cayó al suelo justo en la puerta de nuestra casa. Yo me encontraba en la pieza más cercana de la puerta y escuché toda la bulla. Me levanté con mis 11 años y vi todo, mi madre ahí lo tenía, gritaba… Mi padre enloquecido discutiendo con los militares y me acuerdo muy bien que el que estaba en la patrulla era el teniente Carlos Acuña, fue una discusión fuertísima, estábamos todos afuera. A mi hermano los militares lo subieron arriba del camión. Querían llevárselo, pero mi papá se subió al camión para llevarlo al hospital o sino no sabríamos nada de él y había desaparecido como muchos compañeros… Fue un dolor gigante que hasta la fecha es como que estuviera viviendo ese momento, lo tengo en mi mente, recuerdo las palabras del mismo teniente que dijo ‘controle a su papá’, como amenazando – narra Samuel Burgos, en un relato donde resulta imposible traspasar al texto el dolor de sus palabras, de las lágrimas que a ratos se asoman, de las pausas necesarias.
-Mi tata decía que cuando mataron a mi tío el milico lo envolvió y lo tiró arriba del camión… y mi tata se subió al camión a la mala, para recuperar el cuerpo y cuando llegaron al hospital e hicieron el trámite de rigor no querían entregarle el cuerpo… y el que da la autorización fue un doctor y era compañero de izquierda, así que se lo entregó y los militares tuvieron algo en contra del doctor, algo pasó ahí …Mi tata dice que en todo momento quería llegar al hospital, que no lo desaparecieran, ese era su objetivo. Y en la casa estaba además el dolor, pensando que no iba a volver ninguno de los dos – cuenta Evelyn sobre esos dramáticos momentos -. Posteriormente, trabajando, me encontré con la señora Isabel. Ella me contó que en ese entonces era una niña. Escuchó los gritos desgarradores de mi abuelita… estamos hablando de ¡cuántas cuadras! -entre la plaza y el Techado- y no sabía por qué; después en la madrugada supo lo que decían los vecinos, que mataron al hijo del Burgos. Ella estudiaba en el comercial y lo conoció.
Samuel dice que su familia estaba muy preocupada. Fue un alivio cuando su padre volvió. Los vecinos y amigos comenzaron a llegar a la casa, compañía que no paró hasta el funeral masivo en que despidieron al joven, con militares armados vigilando desde el cerro ubicado atrás de su casa. Pareció que todo el pueblo de Tierra Amarilla se dio cita en el cementerio, cuadras y cuadras de personas, recuerdan, tal vez una expresión de la consternación que provocó este asesinato por la espalda.

UN JOVEN CON ESPERANZAS

José Gabriel estudió en el Liceo Comercial, donde se tituló como contador. Trabajó en Potrerillos, Codelco Salvador, oportunidad que se reflejó en que sus ingresos y por tanto los de su familia mejoraron considerablemente.
-A mi abuelita le decía “te vestiré como reina, tú ya no vas andar más vestida mal, porque yo quiero que seas la reina de mi casa”. Y con su primer sueldo compró ropa, porque mi abuela fue pobre, zapatos, después un mueble y la máquina de coser. A mi tata le decía que no iba a tener más necesidades –cuenta Evelyn.
Pero llegó la dictadura, la caravana de la muerte se llevó a tres de sus compañeros de la División, entonces José volvió a la casa paterna, triste porque no podría cumplir con lo prometido a Berta. Entró a trabajar con Samuel Burgos, en la cooperativa Agustinas que los pirquineros de la zona habían formado antes del ’73, pero los militares la disolvieron, persiguieron al padre, conocido dirigente de voz fuerte y nada difícil de callar. Los allanamientos a su casa fueron constantes y después de la muerte de José, aún más frecuentes.
José cumplía un rol de mediador, dado el carácter fuerte del padre. Su hermana Rosa pololeaba a escondidas con el que posteriormente fue su marido y padre de Evelyn. El día antes de su muerte, Gaby le anunció una sorpresa, pero sin decirle de qué se trataba. Había hablado con su padre, preparando el camino para que formalizaran la relación amorosa, y el enamorado vendría a la casa a pedir permiso para pololear.  Ella tenía catorce años y él diecinueve, y pasó bastante tiempo antes de enterarse de estas conversaciones.
José tenía una pareja, Violeta y tuvieron una hija, Karina. Actualmente ella no vive en la región y la familia tiene escasos contactos, algunos de ellos han sido en el cementerio, visitando la tumba del padre. Algo que sobre todo Berta siempre lamenta.
Con su hermano Alberto jugaban constantemente, a pelear, a perseguirse por el patio. Porque Gaby era muy ‘de piel’, cercano y cariñoso.
-Yo pienso que era una persona que tenía sus ideales claros, soy trabajadora social de profesión, de repente me reflejo en él, que se proponía cosas, perseverante en sus objetivos, con metas claras. Era de familia, por lo que yo he escuchado a mi abuela como se relacionaba con ella, era muy de piel, había una relación materno filial muy fuerte ahí -relata Evelyn.
Berta hasta el año en que se escribe este libro, no ha dejado de ir a los actos políticos donde recuerdan a las víctimas de la dictadura. Va para recordar a su hijo, en una expresión política ante las violaciones a los derechos humanos, a pesar de los intentos de su familia de protegerla a causa del deterioro de su corazón, tras sus avanzados años y el dolor que vuelve a sentir al ver la imagen de su hijo en la fotocopia en blanco y negro de un detenido desaparecido o un ejecutado político. Una actitud muy similar a la que tuvo su esposo, Samuel, quien hasta sus últimos días participó activamente, buscando democracia primero, denunciando, y actuando siempre para que la sociedad no olvidara la muerte de su hijo.

LUCHA FAMILIAR

Samuel Burgos Espejo actualmente vive en otra ciudad, pero se encarga todos los días de llamar a su madre, viajar continuamente y mantener un contacto permanente con sus hermanos, hermanas, sobrinos y sobrinas. Ambos son quienes se han hecho cargo de representar a la familia judicial y socialmente ante la muerte de José. Samuel, en su juventud, tomó riesgos importantes en la búsqueda de verdad:
- Me tocaba hacer el servicio militar, no me aceptaron y me presenté voluntario, porque quería estar adentro para averiguar cosas. De los dos años, estuve como 6 u 8 meses en el casino de suboficiales como ayudante, siendo soldado conscripto, con una cocinera de edad, nos pusimos a conversar en el turno y le pregunté si conocía un oficial de apellido Acuña y me dijo sin preguntarle que él tuvo un problema con un asesinato, que estaba a cargo de una patrulla en Tierra Amarilla. Ella no tenía idea que yo era su hermano, me dijo que estuvo sólo un mes después y lo mandaron a otro lado, me dio su nombre, Carlos porque antes sólo tenía su apellido. En el regimiento se hablaba que había sido un cabo, nunca un conscripto, otro dijo que había sido el teniente que le había quitado el fusil y que el soldado era un mandado. Para mí fue muy complejo haber hecho el servicio, sufrí acoso. Un día la gente del departamento de inteligencia del ejército me fue a buscar al casino de oficiales y me hicieron preguntas, qué quienes eran mis padres. Mi postura fue “si quieren saber más de mí, hablemos inmediatamente y si quieren saber si soy el hermano del que asesinaron los militares, ustedes, sí, lo soy”. Me acuerdo del apellido, el cabo Guzmán, que le decían en ese tiempo el perro Guzmán, era de la CNI.
Burgos tuvo la ayuda de un suboficial, con quien se hicieron amigos y sabiendo toda su verdad, lo protegió de los hostigamientos, golpes y malos tratos que el joven comenzó a recibir. Una verdad que en el caso de ese teniente tuvo consecuencias importantes para su vida, ya que unos años después de conocer la historia de esta familia, abandonó el ejército. Samuel en cambio, no apareció registrado como conscripto, en los antecedentes ni en el cantón de reclutamiento.
De vuelta a la democracia, los juicios volvieron a abrirse, y la familia a atestiguar. Para Evelyn, la persona resiliente y sabia que es su abuela se traslució en la entrevista con el magistrado, cuando él le preguntó qué quería para la persona que mató a su hijo:
-Ella le responde que no espera nada, porque a su hijo ya no se lo van a devolver, y que el daño que a ella y a su familia le hicieron, ella no se lo puede desear a la familia de esa persona.
Berta guarda las fotos del funeral de su hijo en un bolsillo de un abrigo que José le regaló, las que ha decidido le acompañarán en su tumba.

Pedro Acevedo Gallardo estudiante UTE, vivía en Tierra Amarilla




A ti detenido desaparecido
quizás un postrero gesto de humanismo
de quien tu vida truncó
acaso compasión,
algo que se asemeja a una cruz
un N.N que el tiempo desdibujó …
fue liniero de tu morada,
el último rincón
y hubo algunos que ni eso tuvieron.
Acogió la madre tierra con alientos de amor
al que quedaba después de horas de horror…
se compadeció la yerba,
y amorosa su sepulcro cubrió,
lamieron las cenizas
sus heridas que la muerte traspasó.
Fue su hermano de nación
que se erigió en torturador,
con saña, con rabia, rencor…
Los encontraremos un día,
una flor y tumba tendrán
recogeré tus redes si los pudiese limpiar…
huellas de manos cobardes no te acompañan al más allá…
Y el sepulcro tu nombre llevará
y te lloraré y te lloraré…
viviré el duelo anunciado y esas lágrimas cálidas
cicatrizarán heridas que el tiempo cerró
y te lloraré y quizás algún día
regarán la flor de la resignación…
  
Doris Acevedo.




Pedro Acevedo Gallardo fue hijo de Ana Gallardo y Félix Acevedo. Vivían en la población Ojancos, en Tierra Amarilla, junto a sus tres hermanos: Nelson Pasten, Juan Acevedo y Francisco Acevedo. De niño fue intelectualmente inquieto, lector precoz y muy voraz, dando señas de una inteligencia que lo llevaría a sobresalir como estudiante en cada uno de los niveles que cursó. De hecho, al terminar su enseñanza en Tierra Amarilla, fue distinguido como el mejor estudiante de la Provincia. Continuó sus estudios en Copiapó para ingresar posteriormente a Ingeniería en Minas en la entonces Universidad Técnica del Estado de la capital regional.
-Se fue a Santiago en la época de Salvador Allende, lo llevaron y el Presidente lo recibió en La Moneda y le dio una maleta de cuero blanca con ribetes llena de libros, y después salió becado para estudiar en la Escuela de Minas, de acuerdo a las calificaciones que él tenía -recuerda su hermano Nelson Pasten sobre las distinciones académicas de Pedro Acevedo.
Félix, el padre, fue un activo dirigente comunista, militante, regidor de Tierra Amarilla gracias a un apoyo popular que generalmente lo ubicó como la primera mayoría de la comuna, también dirigió el sindicato de pirquineros, logrando beneficios importantes para su gente, como la compra de camiones para vender sus minerales a los planteles de la Enami, un convenio con el seguro social que les daba acceso a salud y jubilación, y la compra de una micro para que los asociados pagaran la mitad del valor cuando se dirigían a Copiapó. El golpe lo pilló activo y visible como de costumbre, en el cargo de presidente de la CUT, razón por la que tuvo que burlar la vigilancia militar cercana a su casa y partir en un vehículo conducido por su hijo Nelson rumbo a unos cuantos años lejos del hogar, con nombre falso y trabajando en las minas de otra región.
En uno de los cajones de madera donde antiguamente llegaba el té, Félix siempre tenía libros, diarios y documentos del Partido Comunista, entre ellos los principios de dicha colectividad, los que Pedro leyó siendo muy niño, a tal punto que pidió su incorporación a las juventudes comunistas iniciando la adolescencia. Rápidamente se transformó en un activo dirigente, se volvió importante para su organización. Su tía, Doris Acevedo, recuerda que antes del golpe los familiares se encontraban en la actividad política. Ella estaba encargada de la división femenina, mientras su sobrino ocupaba el puesto de secretario político en Copiapó, al mismo tiempo que hacía su vida partidaria en una célula en Tierra Amarilla. Cuando su madre, Ana, reprochaba al joven que se preocupaba más de la política que de sus estudios, Pedro no le respondía, sólo llegaba con una copia de sus notas en la universidad y se las dejaba encima de la mesa. Siempre eran sobresalientes.
-Mi hermano a la edad que se lo llevaron ya era ingeniero en minas y estaba estudiando para ser ingeniero civil… y en eso estaba cuando le llegó la beca para irse, pero no era la de ellos, si no de la otra Alemania, por lo que él empezó a hacer los trámites para irse a la Unión Soviética, la idea de él era llegar a magister en ingeniería, que en Chile no había.
La familia era más bien pobre, así que Pedro alternaba los estudios con faenas de pirquinero, en los desmontes, juntando mineral que vendía a la planta Hochschild. El tiempo para los hermanos en esa época era escaso, recuerda Nelson.
-No compartíamos mayormente con él, porque estaba metido en sus cosas. Siempre fue político -dice Nelson desde su actual casa en Tierra Amarilla, ciudad que nunca ha abandonado y que comparte con la familia que ha formado.
Doris, en cambio, tuvo oportunidades de pasar bastante tiempo con su sobrino en la casa de Copiapó de Juana Rosa Ramírez, su madre y abuela de “Peruchito”, como le decían:
-A veces se venía a nuestra casa a Pedro León Gallo y vivía con nosotros de lunes a viernes, nos atendía el negocito igual… yo le echaba bromas y tallas, y él atendía y leía. Antes de que se lo llevaran me había dicho que le hiciera un pantalón, porque sé hacer corte y confecciones… él estaba sentado en la ventana para que le diera la luz al libro y esperando que le terminara el pantalón, se lo terminé, se lo llevó y no lo volví a ver -cuenta con Doris secándose unas lágrimas ante el recuerdo.

LA DETENCIÓN

Pedro tenía apenas 19 años el 28 de abril de 1975. Hacía poco que había llegado desde Copiapó a su casa. Estaba en su pieza cuando entraron cuatro agentes, pertenecientes al CIRE, organismo de investigación que dependía directamente del Intendente, conformado por personal militar, de carabineros e investigaciones y que perseguía a la gente de izquierda, con el fin de eliminar cualquier actividad “subversiva”.
Varias veces anteriores habían allanado la casa, buscando al padre que se había marchado a la región de Coquimbo. Pero esta vez iban por el hijo. Pedro se levantó. Su hermano Nelson conocía a uno de ellos, de apellido Retamales, al que le preguntó qué estaba pasando y obtuvo como respuesta que le pasaran ropa abrigada porque no volvería esa noche. “Mi mamá le pasó un chaquetón y él llevaba bototos de seguridad” recuerda su hermano sobre esa abrupta salida.
-Le habían hecho seguimiento, porque fue como una venganza porque no habían podido agarrar a mi papá -reflexiona Nelson.

ALLANAMIENTOS

Doris dormía, al igual que su madre, en la casa ubicada en la populosa Miguel Gallo.  Cerca de las siete de la mañana los golpes en la puerta despertaron a las dos mujeres. Supieron que no sería nada bueno, cuando al abrir vieron a Ana llorando, con dificultades para calmarse y contar lo sucedido. Cuando logró decir “se llevaron a Peruchito” Doris se vistió y salió inmediatamente hacia el regimiento, donde, en la puerta, la madre identificó a uno de los que detuvo a su hijo durante la noche -vestido de civil- quien le dijo que volvería unos minutos más tarde y entonces le respondería, porque se dirigía a hacer una diligencia.
La diligencia era nuevamente allanar su casa, abrir el colchón de la cama de Pedro, buscando a otras personas que trabajaban en la actividad política -clandestina en ese tiempo y de resistencia- y una máquina de escribir, que nunca encontraron en ese dormitorio. Mientras, las mujeres recorrieron el Retén de Carabineros de Tierra Amarilla y otros lugares donde podrían haberlo llevado, pero les negaban que allí estuviera detenido el joven.
Cerca del mediodía, volvieron a la puerta del regimiento.
-La Anita estaba llorando, pidiendo por favor al señor que estaba de guardia que le dijera si estaba su hijo ahí y uno moreno que no recuerdo bien su rostro, pero era bajito, delgado y le dice ‘por qué no le decís que el cabro está adentro’ y entonces supimos que estaba ahí --recuerda Doris Acevedo con lágrimas en los ojos, cuando conversamos en el negocio que ahora tiene en las villas construidas en el antiguo Pueblo San Fernando.
Con esa respuesta, se movilizaron buscando cualquier forma de tener más información, lograr verlo o sacarlo de allí. Hacía poco Aladín Rojas había sido detenido, así que les pidieron consejo a sus familiares. Tocaron muchas puertas, escribieron cartas y solicitudes. Ana llegó a hablar con Lucía Hiriart, según recuerda Nelson, quien le hizo un compromiso de ayudar, que no cumplió.
Entre medio, los allanamientos siguieron. Hasta el 1° de mayo, día que toda la familia nunca podrá olvidar.  Doris relata lo que vivió junto a su madre en la casa de calle Miguel Gallo:
-Llegaron a la casa golpeando fuerte, gritando. Entre ellos iba un chiquillo que era tierramarillano, los papás de ellos eran compadres con mi mamita, pero el niño miraba hacia el suelo y nunca le vimos la vista, como que no lo conocíamos. El que estaba a cargo dijo ‘está acá Pedro Gabriel Acevedo Gallardo’ y mi mamita le respondió: ‘pero si lo tienen ustedes’ y el tipo contestó: ‘no, huyó del regimiento’, ella le alegó ‘entonces ya lo mataron’. Igual miraron debajo de las marquesas y todo fue sincronizado – dice respecto a una supuesta búsqueda donde allanaron nuevamente la casa de Pedro, y la de todos sus parientes más cercanos.
Luego vinieron las denuncias por presunta desgracia, en la vicaría de la solidaridad y posteriormente acciones judiciales que en primer término no obtuvieron muchos resultados, sólo sirvieron para determinar claramente quienes lo habían detenido en su casa. Nelson se encargó de hacer gran parte de las gestiones de búsqueda, en Tierra Amarilla y Copiapó. Un año más tarde el hermano menor se vio obligado a cumplir con el servicio militar obligatorio. Le ha relatado a la familia que vivió múltiples maltratos y persecuciones.
- Nosotros pensamos que a mi hermano lo mataron la misma noche y lo enterraron en el regimiento, porque hay algunos conscriptos que sintieron gritos, otro dijo que lo había visto. Otro hermano hizo el servicio y un cabo le dijo: ‘a tu hermano lo mataron’, pero nada más – reflexiona Nelson sobre esta historia que han llevado adelante durante años.

Condenados por secuestro calificado:
Francisco León Jamett.
Patricio Román Herrera.
Pedro Eduardo Vivian Guaita.



Aladín Rojas Ramírez, minero de Tierra Amarilla



Aladín Rojas estaba en la plaza de Copiapó, cuando en la esquina de calle Los Carrera con Colipí, ante toda la gente que transitaba por el lugar más céntrico de la ciudad, fue detenido por Pedro Vivian Guaita, miembro del CIRE -la unidad de inteligencia que funcionaba en Copiapó- quien lo llevó al Regimiento.  Era un nueve de abril de 1975, cerca de las 20.00 horas.
Aladín tenía treinta años, trabajaba como perforero en la Cooperativa Regional Minera Bateas Ltda., era militante y dirigente político comunista y un activo impulsor de la rearticulación de dicha colectividad en la clandestinidad. Según escribió en “Temas en domingo” en Diario Atacama de junio de  1990, el entonces abogado de derechos humanos en la zona, Eduardo Morales Espinoza, “era militante de las Juventudes Comunistas, Secretario del Comité Local de Tierra Amarilla y miembro del Comité Central después del golpe de Estado, jugó un rol destacado en la reorganización de la Jota en Atacama, ayudando a estructurar las bases clandestinas que hicieron los primeros rayados, que lanzaron los primeros volantes, que crearon las primeras organizaciones”.
En la época de Allende había sido un dirigente político y social destacado. Viajó a Alemania y España en esa época, según constaba en su pasaporte. Algo que en las horas de tortura que experimentó durante esa noche, le preguntaron una y otra vez. Al menos eso le explicó a Ulda Leyton, su pareja.
- Mi cónyuge me comentó que al momento de su detención le dijeron que era él militante del partido Juventudes Comunistas y que le tenían un pasaporte de cuando él salió del país, sabían todo el movimiento que él tenía -señala Ulda en su declaración judicial.
Aladín volvió a su casa ya que cerca de las once de la mañana lo dejaron libre. Llegó lleno de moretones en la cara, en el cuerpo, heridas y quemaduras especialmente en los pies y zona genital, provocadas por la aplicación de corriente. Sus vecinos y su esposa vieron el lamentable estado en el que se encontraba.
Peor aún fue cuando le dijo a su esposa que a las veinte horas debía volver al regimiento para firmar unos documentos. Si no lo hacía, habían amenazado que irían por ella. Tenían tres hijos a quienes proteger: Aladín Wladimir, de cuatro años; Catherine Andrea de tres, y Ninel Victoria de tan sólo meses, así que haría lo más valiente: presentarse. No sabemos si hubo conversaciones entre el matrimonio, si él pensó en arrancar, tomar rumbo a la cordillera, esconderse en alguna de las minas de la zona. Lo cierto es que la angustia de su pareja, y la comprensión del alto peligro frente al cual estaba Aladín, se reflejó en que Ulda, contrariando lo que le había pedido su esposo -frente a la advertencia de los militares de que debía volver solo-  lo siguió al regimiento caminando.
Aladín iba en su motocicleta, muy característica y apreciada en aquella época, marca “Gilera”, así que llegó mucho antes que Ulda. Cuando ella llegó hasta la puerta del regimiento, vio estacionada su moto al interior del recinto, le preguntó al soldado que hacía la guardia por su marido. Él le respondió que lo había visto entrar, pero no había salido. Ulda esperó, todo lo que su paciencia y su angustia le permitieron hasta que, saltándose todo protocolo, ingresó al regimiento. Allí un oficial groseramente la hizo abandonar el recinto militar, bajo las peores amenazas.
Desde ese momento, su esposa, familiares y amigos nunca volvieron a verlo. Ulda quedó con sus tres hijos en una situación difícil:
-Tenía veinte años a esa fecha y se quedó con tres niños, y vivió un desamparo total ya que nadie la amparó, a esa fecha estaba completamente sola, nosotros la ayudamos en la medida que pudimos – señala Josefina Araya ante la Comisión de Verdad y Reconciliación el 28 de julio de 1990, madre del actual cónyuge de Ulda Leyton.
Las viviendas de la población donde vivía Aladín con su familia fueron allanadas. Ulda tuvo que resistir tener un militar afuera de su casa durante un tiempo. La casa de su madre también fue allanada.
El 24 de abril de 1975, la madre de Aladín, Dulcinea Ramírez Ramírez, denunció en la Comisaría de Investigaciones de Copiapó la desaparición de su hijo. Al día siguiente, los antecedentes pasaron al Primer Juzgado del Crimen de Copiapó, quien acogió la denuncia de presunta desgracia, rolándola con el N° 22.852. Fue rápidamente cerrada, las únicas diligencias hechas por detectives fue entrevistar a la demandante y buscar al desaparecido en diversos locales nocturnos y de esparcimiento.
Sin embargo, un oficio del juez a cargo al Teniente Coronel Álvarez Sgolia fue respondido, permitiendo acreditar la permanencia del minero en el regimiento.   El comandante del recinto militar y jefe de la zona en estado de emergencia de la Provincia de Atacama, respondió que el afectado efectivamente había sido detenido por personal de “la Unidad a mi mando el 9 de abril de 1975, por ser presidente de las JJ.CC. de la comuna de Tierra Amarilla y tener sospechas de estar efectuando reuniones clandestinas” indicando que había quedado en libertad “el 12 de abril del presente año por no haberle constado culpabilidad”.
Las gestiones judiciales fueron numerosas y sin ningún resultado efectivo hasta 1990. En febrero de 1992, la Comisión de Verdad y Reconciliación reconoció su desaparición como consecuencia de actos cometidos por agentes del Estado, en violación de sus derechos humanos. Y posteriormente en enero de 2001, producto de un acuerdo alcanzado en una mesa de diálogo, las Fuerzas Armadas y Carabineros entregaron un informe señalando que Aladín Rojas fue detenido en abril de 1975 y ejecutado en mayo de ese año, siendo sus restos arrojados al mar presumiblemente frente al puerto de Caldera.

Condenados por su desaparición:
Carlos González Trujillo.
Patricio Román Herrera.
Francisco León Jamett.
Juan Valderrama Molina.
Pedro Vivian Guaita.
Adolfo Lapostol Sprovera.
Sergio Sánchez Parra.

Guillermo Haroldo Rojas Zamora



·         Una silla vacía con su chaqueta en la escuela

Fue una noche del seis de agosto del año 1974. Guillermo Rojas Zamora hacía unos meses que había vuelto a Chañaral, junto a su esposa, Carla, y sus dos pequeños hijos: Guillermo -de siete meses- y Ximena, de cuatro años. Hacía clases en la escuela Consolidada de Chañaral. Durante los años de la Unidad Popular se había trasladado a El Salvador, donde ocupó el cargo de supervisor en educación, y una de sus gestiones fue la creación del Liceo para los estudiantes que necesitaban la enseñanza media, para así poder continuar viviendo en la ciudad y no tener que emigrar a otros lugares para obtener la enseñanza media.
Pero tras el golpe de Estado lo despidieron, en febrero de 1974. En Chañaral lo recibieron con los brazos abiertos en la escuela donde anteriormente trabajaba. Hacía diez años que ejercía la docencia, como profesor de Estado de la Universidad de Chile, con especialidad de biología y química, tenía una gran fe en la educación como herramienta para salir de la pobreza y lograr cambios en el país. Por eso lo recuerdan como un profesor cercano, preocupado de sus alumnos, innovador.
- Él se preocupaba de sus alumnos, enseñando más, buscando que ellos conocieran. En ese entonces éramos tan cerrados como país, no había internet, nada, los libros eran los que nos podían mostrar más cosas, siempre gastaba en libros y se los pasaba a los alumnos. Los sacaba a terreno, algo que en ese entonces no se hacía, cien por ciento dedicado y a eso le tuvieron miedo –recuerda Carla Brown sobre la faceta de profesor de su marido.
Estela Tapia fue su alumna en aquellos años.
-Estaba en primero, en ese tiempo de humanidades. Fue el 65, 66 hasta el 69 fuimos alumnas de él, hasta quinto humanidades. Era terriblemente pedagógico, enseñaba hasta que uno aprendiera y cuando había pruebas en las tardes, nos hacía reforzamiento. Muy amoroso, muy sicólogo, entendía, para esa época que los profesores eran tan rígidos que a uno le daban miedo, nosotros en él confiábamos y lo queríamos mucho. Ahora los alumnos nos confían cosas a los profesores en esta época, pero en esa, no. Enseñaba muy divertido y lúdico.
Sobre sus métodos pedagógicos Estela recuerda:
- Él hacía química y ciencias naturales, para ver lo de los musgos, líquenes, íbamos el día sábado, salíamos al cerro y ahí hacía la clase. Salíamos en la mañana y volvíamos en la tarde y llevábamos nuestras cositas, como paseo, después para la playa para ver el vertebrado, el pescado. Claro, una vez nos perdimos, nos fuimos por la Quebrada del Cabrito y aparecimos en Barquito, se perdió el curso y era así, muy bueno. Él nos daba muchas facilidades para que uno aprendiera y  escribía un 1 bien grande en la pizarra y el que copiaba le ponía sin ningún temor el 1 porque decía ‘yo le doy el máximo de confianza, quiero lealtad y son valores que se van enseñando con el ejemplo’. Así que nadie se atrevía a copiar, más que por temor al uno, era como vamos a copiar si el profe nos ayuda, nos quiere, nos enseña. Él era una persona maravillosa.
Esa noche él no tenía clases, pero fue a reemplazar a una profesora que estaba con licencia. El jeep azul marino con patente de Las Condes se paró afuera de la casa, Carla les abrió, eran tres, le dijeron que necesitaban hablar con Guillermo, ella les respondió que él estaba en clases. Carla no sospechó que se trataba de agentes de la DINA.
Su marido no volvió esa noche. Pero sí llegó una persona proveniente de la escuela, a decirle que se lo habían llevado arrestado. En la Comisaría de Chañaral le respondieron que estaba detenido y saldría libre al día siguiente. Pasaron las horas y no lo liberaban. Al llegar la noche les informaron que ya no estaba allí.  Amigos y familiares ayudaron a buscarlo en distintos lugares donde podrían haberlo llevado, pero nadie decía saber nada de Guillermo. Y pasaron las años.
Muchos años más tarde, Carla estaba viendo la televisión, cuando un rostro la sobresaltó. Se trataba del “guatón Romo”.
- Yo no sabía quién era Romo, pero a mí nunca se me olvidó su cara. Apareció en la televisión y verlo fue una cosa así como que se me salió todo el cuerpo y dije ese estuvo en mi casa y efectivamente en agosto del 74 cuando Guillermo desaparece… es donde más gente desaparece y él había hecho la gira por el norte.


HISTORIA DE AMOR

“Alcancé a estar cinco años y medio casada y cuarenta y cuatro años esperando”. Así resume Carla esta historia de amor interrumpida por la desaparición forzada de Guillermo. Todo comenzó en Antofagasta, él había llegado al puerto junto a su familia proveniente de Caldera, debido al trabajo del padre. En el liceo se hicieron inseparables con el hermano de Carla -mismo padre pero distinta madre-, amistad que permaneció intacta cuando ambos ingresaron a la universidad. Por él se conocieron, cuando Carla llegó a estudiar a Antofagasta, se enamoraron, pololearon cuatro años esperando que ella terminara sus estudios como profesora y se casaron. Tenían once años de diferencia.
Ella lo recuerda como un muy buen papá:
-Entonces cuando en un principio desaparece y lo empezamos a buscar y me dicen ‘es que se fue con otra persona… con otra mujer’. Yo sabía que él nunca iba a dejar a sus hijos… en la vida uno puede cambiar esposa o esposo, pero ni a los hijos ni a los padres puedes cambiar – me cuenta mientras conversamos en su oficina y me asegura que tenía la convicción que nunca los habría abandonado, menos sin despedirse.
Su hija Ximena, a pesar de su corta edad cuando su padre desapareció, atesora recuerdos.
-Se acuerda de imágenes y me pregunta si yo las recuerdo, como que fuimos al zoológico en Santiago, o que ella lo iba a buscar al trabajo, cosas de la casa de navidad, como que de repente se le viene a la cabeza como pantallazo y me pregunta y si es cierto y yo le respondo que eso pasó. En cambio, Guillermo no tiene recuerdos, si no como mis nietas y nietos que tienen lo que hemos podido conversar, lo que han ido escuchando. Ya son adultas, porque ya tienen 21, 22, 17 años ya comprenden y se preguntan el por qué, porque ellas no vivieron en la dictadura así que les resulta más extraño… también quieren saber y es un replicar de emociones, lo que les puedo dejar – relata Carla.
Ximena nació antes de tiempo.  Carla despertó con la ruptura de la bolsa, Guillermo la llevó entonces al Hospital y volvió a tomar unos exámenes. Volvió y Carla estaba con trabajo de parto y él, cerca corrigiendo los exámenes. No pudo terminar y volvió al colegio con la noticia de que había sido padre y era tanta la felicidad que no podía evaluar, por lo que todos tenían un siete. Cuando Guillermo llegó a esta vida, su padre estaba también fascinado, porque tenía un hombre en la familia.
La familia de Guillermo Rojas era de derecha. De hecho, uno de sus hermanos era militar, quien no contestó al llamado desesperado de Carla y sólo ofreció su ayuda tras jubilarse. En cambio, sus suegros fueron una gran familia, preocupados por sus nietos y su entonces joven esposa, el suegro murió unos años después de la desaparición de su hijo, “no aguantó la pena”, reflexiona Carla; mientras que la suegra vivió hasta los 98 años, esperando.
-Nunca perdió su capacidad de memoria, hablabas con ella y estaba lúcida, aún esperando por su hijo. Siempre me decía que si sabía alguna noticia, fuera la que fuera, nunca se la ocultara, yo siempre le decía que le iba a decir la verdad, que era un compromiso y eso no pasó.

AÑOS TAN DUROS

Carla, el año 1974, trabajaba también como profesora en Chañaral. El jefe de zona la despidió, bajo el argumento de que “habiendo tanta gente de derecha cesante yo no podía pretender trabajar”, recuerda aún con un destello en sus ojos. Afortunadamente tenía una familia en Copiapó que la recibió, tomando en cuenta que un desaparecido no recibía sueldo, licencia ni la posibilidad de pensiones para sus familias.
En el Liceo Católico Atacama Carla volvió a trabajar. No llevaba una semana cuando uno de los sacerdotes recibió una llamada anónima, reclamando por su presencia en el establecimiento:
- Cuando me contrataron nunca me preguntaron nada y yo no dije nada. Después de la llamada, me llamaron a la oficina y el padre Jean me dice “Carla, qué pasa, me llamaron de forma anónima de tal cosa”. Habían pasado cuatro años, le conté lo que había pasado y me responde ‘tranquila, seguirás trabajando… y yo sé quién fue la persona que llamó, porque le reconocí la voz’. Así que desde esa fecha nunca más me sentí desprotegida. El Liceo Católico pertenece al Obispado y terminé de trabajar allí después de 30 años y vuelvo a trabajar acá al obispado, en la Fundación IEP. Nunca faltó nada, en eso debo dar gracias porque no fue la misma situación de otras mujeres esposas de detenidos desaparecidos – me relata Carla en una reflexión sobre uno de los aspectos menos narrados de las mujeres que vivieron las desapariciones forzadas: el empobrecimiento.
- Conversé con una de ellas, que su marido fue fusilado y me decía que no puede perdonar porque me decía ‘mírame las manos, trabajé de lavandera, pucha cuánto tuve que trabajar, tenía 6 hijos’, uno sufre de muchas maneras. Aquí uno sufrió no solo por lo militar, los civiles tienen mucho que decir en esto. Yo estaba en Chañaral y la gente cruzaba la calle para no saludarme, gente que conocía. Mis papás, mis abuelos habían tenido participación, colaboradores con el pueblo y sin embargo… uno puede decir que era miedo, pero los amigos verdaderos no tuvieron miedo y estuvieron conmigo – continúa esta mujer ya mayor sobre aquellos años.
Las gestiones de la familia de Carla llegaron lejos. Ellos tienen doble nacionalidad italiana, y sus padres y abuelos hicieron las acciones con su embajada en torno a la desaparición de Guillermo. Desde la embajada de Italia le preguntaron al gobierno chileno qué había ocurrido con el profesor, cónyuge de una ciudadana italiana, a pesar de que dicho país había cortado relaciones diplomáticas con Chile por esos años. La respuesta práctica fue la amenaza de expulsar a toda la familia si continuaban las preguntas y ante la posibilidad del exilio, Carla no decidió no irse, temiendo no encontrarse con Guillermo si estaba vivo y salía libre.
Recuerda con cariño al Obispo Fernando Ariztía, como una persona preocupada de ella y su familia, cariñoso y siempre preguntando si había novedades respecto a Guillermo. Recuerda haber participado de una reunión con familiares de detenidos desaparecidos, en su rol activo en materia de violaciones a los derechos humanos, como también sentirse protegida con un líder que no le tenía miedo a los militares. “Siento que a él se le debe mucho en la región”, dice Carla.
EL LÍDER
Guillermo amaba pescar. Tenía amigos y amigas en Chañaral, con quienes compartía este pasatiempo. Le gustaba leer, sobre todo temas científicos, especialmente física. Era militante del Partido Socialista, conocía a mucha gente en la ciudad, y había emergido como un líder durante los aluviones de 1972.
-Se viene el Río Salado y queda divido Chañaral donde estaba la bomba y el cementerio y toma todo abajo y muchas de las casas que se anegaron ahora también lo hicieron el 72. Él parte a organizar la comunidad, en esos años teníamos menos herramientas, no existían redes sociales. En Chañaral había un teléfono. Ahí se hace un líder social en la comunidad, un referente. Su participación política no fue tan grande para las consecuencias que tuvo. Le tenían miedo, tenía poder de convocatoria, eso sí, un gran poder de juntar, aglutinar  - recuerda Carla.
Consultada sobre el proceso judicial, Carla cree que no tiene destino para averiguar el paradero de quien fue su esposo.
- He dado declaraciones en tantas partes y no hay mayores antecedentes, no hay registros de él en ninguna parte y no me cabe ninguna duda que lo mataron en el camino y no llegó a ninguna parte. Entonces él podría estar en cualquier lugar en el mar, con tanta costa y lo dejaron por ahí. Una vez mi hija fue a ver un brujo, ella no le dijo nada de su papá y el hombre le dijo: “tu papá siempre está al lado de ustedes y él está en un lugar muy bonito, húmedo”. No es posible que hayan encontrado a tanta gente y él no es el único, hay más personas que no han aparecido. Lo encuentro terrible e injusto. Si estaba tan mal este país, por qué no llegó la dictadura y ordenó no más las cosas, pero no matar y torturar.  Mi gran preocupación es que van pasando los años, en esos años tenía 24 años, era una niña y me preocupa irme y sin saber la verdad, porque yo le voy a dejar esa herencia a mis hijos, y a mis nietos y ellos tendrán que tomar la posta de esto, la gente que tiene que decir algo se está muriendo o dice que está enfermo y no avanzamos. Para cerrar heridas también tiene que haber verdad, como mínimo. No estoy pidiendo nada más que saber la verdad, es decir pasó esto, en tal parte quedó a lo mejor ni siquiera podemos recuperar, pero saber dónde está, porque en este minuto no sabemos y siempre estamos con esto –reflexiona Carla sobre un proceso que en su familia aún no ha concluido.

LA SILLA VACÍA

La escuela consolidada en la actualidad es el Liceo Federico Varela, donde se ha transmitido oralmente y casi como un mito, sin documentos oficiales que avalen la historia, la desaparición de Guillermo Rojas. Un profesor de la escuela, que fue sacado de su sala de clases en la escuela nocturna por agentes de la DINA, quedando su chaqueta colgada en su silla vacía de profesor.